Sembrar cada día

Cada nuevo día es una oportunidad para sembrar. A cada momento estamos construyendo nuestro futuro. A cada instante estamos haciendo elecciones que tendrán repercusión posterior y ningún acto es inocuo. Ninguna palabra es estéril.

Debemos ser meticulosos en nuestras decisiones: el poder más importante que tenemos es el del trato que damos a los demás. Cuando somos amables, honestos, íntegros, generosos con nuestro tiempo y nuestro cariño estamos creando protección existencial. Cada encuentro con otra persona es una valiosa oportunidad para vincularnos desde el respeto y el interés en descifrar el enigma, maravilloso, de su corazón.

Hagamos que nuestra vida sea deslumbrante: intensa, buena. Así los avatares de la vida serán menos dolorosos porque estaremos acompañados. La agresión genera violencia. La agresión paga muy mal: le haces daño al otro y a ti mismo. La paciencia y la comprensión generan gratitud.

Reflexionemos para entender que cada uno de nosotros estamos hoy viviendo las consecuencias de nuestras elecciones pasadas y tomemos a partir de ahora mejores decisiones que nos lleven siempre a vivir lo mejor posible: que podamos mirar atrás con la certeza de haber puesto en cada acción, lo mejor de nosotros mismos.

Agresión y maltrato

Mientras más infeliz es una persona, que duda cabe, se torna más agresiva con los demás. Lastimar a otros es como darse un balazo en el pié. Te haces un daño terrible a ti mismo cuando dañas al otro, cuando lo humillas o lo ofendes. Tu pierdes porque te pierdes a ti mismo. Pierdes porque actúas sin pensar, desde el impulso y actuar impulsivamente siempre trae consecuencias negativas. La regla de oro “trata a los demás como te gustaría ser tratado” debe ser el criterio para tus relaciones con todas las demás personas.

Si estás molesto con alguna persona, lo ideal es que se lo comuniques de un modo pacífico, directo, usando palabras que no sean hirientes sino descriptivas de la situación. Cuando más pronto lo hagas será mejor porque el enojo que se va a acumulando se convierte en un fuego que arrasa, destruye y convierte en cenizas a la relación. Si el otro no te puede o no te quiere escuchar, puedes intentar comunicarlo de un modo diferente. Y también existe la posibilidad de poner una distancia que ayude a que se enfríen las cosas para que a través de la perspectiva que la separación brinda puedas comprender el porqué de tu incapacidad para haber puesto el límite adecuado en el momento justo.

Yo observo con pesar como algunas personas tratan tan mal a quiénes les sirven: el chofer, la sirvienta, el mozo, el mesero, el empleado. Ese mal trato despierta odios, enojos y deseos de venganza.  Ese maltrato es responsable en parte, de la violencia. Surge de la ignorancia, de la prepotencia, del narcisismo maligno, de la  estupidez. Las personas, todas, sentimos. Y tenemos historia: padres, hijos, eventos dolorosos y eventos preciosos. No porque no se tenga la situación económica, social o cultural del otro, estamos despojados de nuestra dignidad. Tu actitud y tu modo hablan de tu cultura. Demostremos nuestra educación y hagamos menor la brecha que nos separa de los que nos son extraños y diferentes.

Redes de apoyo: antídoto para el dolor

Construir redes de apoyo es fundamental en la vida. Cada persona que conoces puede ser, en un momento dado, parte de tu red de apoyo. Puede ser que tenga una palabra, un contacto, un conocimiento que te sea favorable.

La vida puede ponerse difícil en algunos momentos: una separación, la muerte de un ser querido, la pérdida de un trabajo o simplemente el cansancio de llevar a cabo las tareas cotidianas nos pueden hacer sentir tristes, agobiados, solos.

Y entonces recibir una llamada, una invitación, una atención de alguien que te quiere, que cree en ti, que te respeta o que te admira suele ser esa fuente de energía que tanta falta hacía.

Es tú responsabilidad ir tejiendo esa red. ¿Cómo? Siendo tú ese apoyo, ese estímulo para el otro. Nada se pierde. Toda atención y cuidado para el otro te será correspondido en su momento. No levantes muros con tu agresión o con tu indiferencia o arrogancia. Mejor construye puentes que te acerquen a los demás: no sabes cuando podrás necesitarlos.

Preguntas agresivas

Me ha pasado con mucha más frecuencia de la que quiero admitir que las personas me hacen alguna pregunta que francamente me parece agresiva.  Encuentro que muchos de mis pacientes y algunas de mis alumnas se han visto en la misma situación.Son preguntas intrusivas,que tienen que ver con el estilo de vida, con tu arreglo personal, con tu dieta, con tu relación de pareja, el dinero que ganas o por citar cualquier ejemplo al azar, el estado emocional de la mujer por la que tu pareja te dejó.

Yo pienso que no estamos obligados a responder. De ninguna manera.  Especialmente si tu no eres el tipo de persona que andas preguntando ese tipo de cosas a los demás. Pero a veces, se nos adelanta nuestra buena educación, nuestra amabilidad y hasta nuestra honestidad. Y ahí estamos, de repente, contestando y dando explicaciones sobre nuestra vida a seres que ni nos respetan, ni nos quieren, ni tienen un interés real por nosotros.

No te confundas: el que una persona te pregunte algo no quiere decir que tenga interés real en ti, en lo que te ocurre, en lo que te duele. La pregunta tiene otro móvil: envidia, morbo, vaya, a veces preguntan sólo para quitarse el aburrimiento de sus mentes despobladas.

Así que no te expongas y NO contestes. Si la pregunta te hace sentir incómoda, si crees que te vas a arrepentir de haber develado tu privacidad, si quién te pregunta no te está escuchando (porque hay quiénes tienen el arrojo de preguntar y cuando empiezas a responder se voltean o se distraen ante el menor estímulo) no respondas.

Desvía la atención preguntando tu, por ejemplo le puedes decir: ¿tu que piensas del calentamiento global? , esto si tu interlocutora tiene una inteligencia promedio. Si de plano está por debajo del promedio le  puedes preguntar, simplemente ¿ya viste las sombras de Grey?

Envidia y destrucción

Todos sentimos envidia. No hay “de la buena” ni “de la mala”, se llama envidia  y ya. Y es un sentimiento de dolor y de enojo por no tener eso que el otro tiene: un coche, un hijo, una pareja, su belleza, su dinero, su talento. Y lo sentimos muchas veces al día.

Duele porque ese otro es un espejo de lo que yo no tengo. Y puede doler mucho.

Enoja porque da coraje enfrentarme con mi carencia. Ni modo.

¿Que hacemos con ese dolor y ese coraje? Siempre tenemos dos caminos:

1. Reconocer mi sentimiento de envidia. Admitir que quiero eso que el otro tiene y comenzar a trabajar en alcanzarlo. En una de esas hasta le pregunto a mi amiga: ¿que hiciste para lograr tener eso? y comienzo a dar los pasos para obtenerlo. En este camino hay muchas posibilidades de crecer y de dejar de sentir esa envidia.

2. Intentar destruir al objeto de mi envidia. Critico a mi amiga, devalúo la posesión del otro, se lo robo, la difamo, la agredo. En este camino no hay ninguna posibilidad de crecimiento, muy al contrario: me enveneno y le hago daño al otro, dejando destrucción en el camino.

Siempre que alguien te agrede, te lo aseguro, te tiene envidia.

Siempre que agredes al otro, te lo aseguro, le tienes envidia.

Sentir envidia es natural, actuar desde la agresión es muy peligroso. Indudablemente, tu decides.

Personalidad y modo de relacionarse

Caspi y Bern describieron tres modos de relacionarse con los otros en base a nuestro tipo de personalidad. Revisa atentamente si te identificas con alguno y de ser así, intenta cambiarte al único que es saludable: el proactivo.

Un modo es el de las interacciones evocativas: tú provocas las respuestas de los demás. Por ejemplo si te “pones de tapete” provocas que te pisen. Si te presentas con mucha debilidad ante el otro, ese otro abusa de ti. El modo de comportarte con los demás les despierta cierto modo de tratarte. Esto se da especialmente cuando sientes que los demás abusan de ti con frecuencia.

Otro modo no saludable es el de las interacciones reactivas: estás a la defensiva. Todo lo que el otro hace provoca que tu te comportes agresivamente, a la defensiva. Interpretas ataques a tu persona en donde no los hay. Crees que el otro quiere siempre lastimarte o molestarte cuando no es así, o muchas veces no es así.

El modo saludable de interactuar es el modo proactivo: buscas relaciones e interacciones compatibles con tu modo de ser, no “inventas” que te quieren agredir ni tampoco propicias que abusen de ti. Estás abierto al otro y según lo que haces vas recibiendo respuestas favorables o simplemente comunicas lo que no te gusta de modo asertivo.

Es muy importante darnos cuenta que según interactuamos con los otros recibimos de ellos diferentes respuestas. Recuerda que no somos víctimas sino cómplices de quiénes nos tratan mal. Hay que movernos de lugar y eso sólo lo podremos hacer cuando seamos responsables de cómo actuamos con los demás.

Sufrir para ser querido

¿Cuántas personas conoces que “sufren” o dicen que sufren para ser queridas? Esas que te narran sus sacrificios cómo: “me divorcié por ti querido hijo, para que tu padre no te dañara” o también: “me quedé con tu padre por ti, para no dejarte sin padre”… y así podemos seguir enumerando ejemplos de personas que al no poder hacerse responsables de sus actos te echan la culpa de lo que hicieron o dejaron de hacer por ti. “Tú me haces enojar” es otro clásico aunado al de “sólo puedo ser feliz contigo”.

Que difícil resulta asumir que NADIE es responsable de nuestro sufrimiento, ni de nuestro bienestar, más que nosotros mismos. Esto desde luego es válido a partir de la edad adulta que no muchos alcanzan en su psiquismo si bien no pareciera ante su edad cronológica. Nuestras alegrías y penas dependen, fundamentalmente, de nuestros pensamientos y de nuestros actos. Claro que un otro puede ser grosero, agresivo, indiferente incluso con nosotros pero depende sólo de cómo decidamos responder a ello si se va a poner en juego nuestro bienestar emocional.

Es un recurso muy popular y gastado el de aparentar dolor para obtener a cambio, un amor o reconocimiento que no logramos adquirir por medios menos manipuladores y agresivos. Es una agresión muy grande hacer sentir al otro cómo una persona terrible con ese inmenso poder de dañarnos. Lo peor es creerlo y vivir en ese sentimiento de culpa que engancha y que limita poderosamente nuestra libertad.

Atrévete a ser feliz aunque eso no te gane reconocimiento o afecto (que hay que decirlo, si viene desde la compasión o la culpa es superficial y vano). Atrévete a pensar qué es lo que te hace sentir bien y te ayuda a dejar el chantaje cómo tu forma básica de relacionarte.