Nutrición emocional

Un bebé necesita nutrición emocional, un niño también. Un adolescente también y una persona adulta también así como un anciano. No hay una edad en la que podamos prescindir del afecto. Todos lo necesitamos y mucho. No podemos esperar recibir afecto si no pensamos en el otro. El otro puede ser tu hijo, tu amigo, tu madre, tu hermano, tu pareja. Cuando el cariño falta: falta todo.

Ser amables, considerados, detenernos a pensar en la persona que está mi lado y en la situación en la que se encuentra, las adversidades por las que puede estar pasando, la soledad que puede estar sintiendo, aquello que le preocupa o angustia, y sobre todo: escuchar, serán los antídotos contra la falta de cariño.

No dejes de intentar resolver los conflictos que puedas estar teniendo con esa persona porque la vida es muy breve y el tiempo es implacable. No te quejes ni culpes a los demás por lo que te ocurre. Mejor muéstrate alegre y generoso. El único recurso para eternizar el momento de compartir con las personas que amamos es apreciar el privilegio de tener a quién amar.

Rendirse o persistir

Estoy convencida que vale la pena correr el riesgo de aventurarse a intentar conseguir aquello que deseamos. Ciertamente, sin saber que se desea es imposible lograrlo. Reflexionar sobre nuestras prioridades y jerarquizarlas. Saber bien que deseo. Y saber que tendré que pagar un precio por ello.

Arriesgarse a trabajar para aumentar nuestra calidad de vida. Si esto implica enfrentarnos con nuestras incapacidades, con nuestra ignorancia y nuestra debilidad: adelante. Atrevernos a luchar por lo que anhelamos. Y persistir: nunca rendirse. Seguir intentando cada día, avanzar para conquistar nuestros sueños.

Arriesgarse a encontrar una pareja, a cambiar una carrera, a mejorar nuestra salud con una dieta, a iniciar un programa de ejercicio, a aprender algo nuevo, a pedir perdón, a decir te quiero. Arriesgarse, especialmente, a amar. Con toda el alma. No se puede correr un riesgo mayor, sin embargo, el peligro de no correrlo es inmenso, el resultado será la depresión.

Cambiar a los demás

Una de las fuentes de sufrimiento más estériles y destructivas que conozco es la de desear e intentar que el otro cambie.

Invertimos demasiado tiempo en lamentarnos porque esa persona no es como nosotros queremos que sea. No hace lo que nosotros pensamos que sería mejor o lo que nos gustaría que hiciera. No deja de hacer eso que tanto nos incomoda o nos molesta.

Utilizamos estrategias diversas: enojos, manipulaciones, chantajes, martirizarnos, reaccionar agresivamente. Sugerirle que vaya a terapia o que tome un curso o que lea determinado libro. Y el otro…sigue siendo como es.

No podemos cambiar a los otros. Apenas podemos aspirar a cambiarnos a nosotros mismos y eso sólo un poco y ese poco suele impactar mucho.

Aceptar al otro como es, con todo eso que nos gusta y todo eso que no nos gusta. Conocerlo, escucharlo, comprender sus motivaciones, su historia, la etapa de vida en la que se encuentra, sus miedos, eso si que es una buena empresa. Dejar ir la idea de que los demás tienen que ser y hacer lo que yo espero. Cada persona tiene mucho que enseñarnos. Si logramos respetar al otro y dejar de intentar cambiarlo, tendremos la oportunidad de aprender a amar.

Aprender a vivir

Vivir es un arte y como ocurre con todo arte, hay reglas que nos permiten aprender a hacerlo. Yo creo que algunos son verdadedos artistas del vivir. Y otros, menos avezados, somos meros artesanos. Pienso en alguna artesanía: una blusa bordada a mano, un jarrón de talavera, un rebozo tejido. Quién logra hacerlo bonito necesariamente ha tenido que entender como manejar los materiales, ha practicado día con día, ha preguntado a los que saben más, ha imitado a los que lo hacen bien, se ha equivocado y ha tenido que comenzar de nuevo. Seguro ha tenido que reparar, descansar del trabajo, dejarlo un ratito de lado y ha desarrollado disciplina para poder construir algo bello.

Cada día es una oportunidad para aprender a vivir. Lo bueno es que existe el terrón de azúcar de Cortázar, el tiempo recobrado de Proust, el invento de la soledad de Auster, el Balzac de Zweig y el estoico de Pessoa. Lo bueno es que hay un Galeano, una Sontag, un Freud. Lo mejor es que hay maestros que nos ayudan a entender.

Lo bueno es que existe el sentimiento que nos dice cuando dejar de hacer algo, cuando retirarnos, cuando seguir, cuando cambiar, cuando pedir perdón y cuando decir te quiero. Lo bueno es que existen las lágrimas y los abrazos y la ternura y los besos.  Lo bueno es que existe la soledad para poder reflexionar y la compañía para saber quiénes somos. Lo mejor es que existe el amor. Lo más importante es el amor.

Lo bueno es que hay animales, perros, gatos, mariposas, catarinas, abejas, tiburones, leones, tortugas. Lo bueno es que hay flores, árboles, nubes, música, el cine, la literatura, el psicoanálisis.  Lo mejor es que hay amigas, alumnas, hermanas, hermanos, hijos, padres, madres, sobrinas, amigas-alumnas, personas maravillosas. Lo más preciado es saber que amas y eres amada. Lo más importante son las personas.

Lo bueno es que a diario tenemos oportunidad para recomenzar, para arreglar, para corregirnos, para perdonarnos, para ser menos dependientes y más fuertes, para ser menos agresivas y más amables, para juzgar menos y reconocer más nuestros errores, para leer y para aprender. Lo más importante es saber relacionarnos con las personas. Lo mejor es que mientras haya vida, hay posibilidad de aprender a vivir.

Cumplir 50 años

Cada cumpleaños es muy importante, sin duda. Y debemos celebrarlo como mejor podamos. A algunos les gustan las grandes fiestas, a otros celebraciones más sencillas, eso no es lo fundamental desde mi punto de vista. Creo que  cumplir años es siempre motivo de celebración. Es también una ocasión ideal para reflexionar sobre lo que hemos sido, lo que hemos hecho, lo que nos falta hacer y lo que ya no queremos. Yo, a mis 50, elaboré una lista de lo que quiero más y de lo que ya no quiero y cómo ustedes mis fieles lectores me han seguido, se las comparto:

. Quiero:  ejercer a fondo mi libertad y mi capacidad para pensar, leer más libros, compartir más tiempo con las personas que me quieren bien, escuchar más música, ir a más museos, ver más amaneceres y atardeceres, jugar con mis perros, regar y cuidar mis plantas, dar mejores clases y sesiones, amar más y saber estar más en el lugar del otro, entender que cada quién actúa desde su historia y desde lo que sus heridas le permiten, reírme mucho más, disfrutar cada momento de estar viva, estar más tiempo con mis amigas, escribir más, escuchar el canto de mis pájaros, cuidar mi cuerpo comiendo bien y haciendo ejercicio, observar más y hablar menos, decir lo que pienso y lo que siento, decir que no a lo que no quiero sin miedo… todo esto quiero y otras cosas que no se escriben…

– Ya no quiero estar con personas que no me aprecien,  dejarme manipular por nadie, sentir culpas que otros me quieran cargar,  hacer juicios sobre los demás, escuchar juicios que los otros hacen por envidia o resentimiento, dejar de disfrutar lo bello de la vida, perder el tiempo en conflictos, callar lo que creo que es verdad y otras cosas que tampoco se escriben…

Los 50 es la edad perfecta para vivir en la mayor integridad que nos sea posible. Vivir en la verdad, alimentando el alma.

Los 50 es la edad perfecta para agradecer a cada persona por lo mucho que tiene que enseñarnos. Así  aprovecho para decir gracias a todos los que me acompañan en este misterioso viaje que es la vida.