Sentir compasión

En ocasiones, confundimos la compasión con la lástima. Ninguno de nosotros quiere que los demás nos tengan lástima. La compasión es muy diferente.  Es el mero reconocimiento de “esto que te está sucediendo es doloroso y puedo comprenderlo y deseo darte algo de consuelo”.

Somos capaces, los mejores de nosotros, de compadecernos de los otros. De la amiga que está enferma, del hijo que ha sido lastimado, del esposo que se ha quedado sin trabajo.

No somos capaces, ni los mejores de nosotros, a veces, de sentir compasión por nosotros mismos. Y debemos hacerlo. Cuando lo logramos reducimos la autocrítica, el estrés, sanamos viejas heridas, especialmente las de la infancia.

Las personas mejor nutridas emocionalmente son las más capaces de ser compasivas consigo mismas. Un día en el que las cosas no te van bien, un momento triste, un día en el que algo duele mucho: consiéntete. Date ternura, un apapacho, un regalito especial de ti para ti. Mientras más compasiva logres ser para contigo, mejor persona serás y tu calidad de vida se incrementará.

Cuando duele el corazón

Es tan difícil encontrar motivos para seguir adelante cuando duele el corazón. Y es que, a veces, la vida nos enfrenta a circunstancias que van más allá de lo que podemos controlar. Situaciones que nos asustan, que nos sorprenden, que nos amenazan.

Y es exactamente en esos momentos en los que tenemos que recurrir a nuestros mejores recursos: acompañarnos de las personas que nos quieren, hablar de nuestras preocupaciones con seres compasivos, agradecer lo que sí tenemos y lo que está bien, buscar consuelo en los pequeños pero grandes instantes de paz.

Contemplar lo bello de la vida, recurrir a la ternura, al arte que tanto puede ayudarnos y confiar… Confiar siempre en que lo bueno que hemos sembrado nos llevará a una buena cosecha.

Cuando duele el corazón es cuando resulta primordial recordar que no estamos solos, que somos seres humanos con errores y con compasión. Y confiar en que el sufrimiento siempre nos ayuda a ser más humildes, más solidarios, mas compasivos: más humanos.

Dejar atrás el pasado

Cuando no logramos liberarnos de las cargas del pasado nos estamos perdiendo del presente. Es casi imposible tener energía para disfrutar y construir en el momento actual si no hemos soltado con ese pasado que nos atormenta.

En ocasiones se debe a que no logramos perdonar a esa persona que nos hizo daño: tal vez abusó de nosotros, nos engañó, nos estafó, nos mintió. Debemos admitir la parte de responsabilidad que nos atañe. Nos dejamos: por ingenuidad, por necesidad o por mera distracción. Esa persona nos ha dejado una lección.

En otras ocasiones el problema es que no logramos perdonarnos a nosotros mismos porque somos muy rígidos, exigentes o intransigentes. Nos está haciendo falta compasión.

Tenemos una sola vida. El tiempo pasa inexorable. Lo que podemos recibir, si nos abrimos a la oportunidad, es mucho. No le dediques más energía a algo que ya pasó y sobre lo que no tienes poder para cambiar. Mejor empieza hoy a trabajar en serio para crearte el mejor de los destinos. El único tiempo sobre el que tenemos poder, es ahora mismo.

Estaré en Radio Centro, en el 1030 de AM el jueves 29 de septiembre  a las 5 pm hablando sobre este tema con Mari Carmen Quintana, en el programa Historias de Todos: http://www.radiocentro1030.mx

Respeto para los mayores

Es muy lamentable para mi observar como algunos jóvenes no sienten el menor respeto por sus mayores. Yo lo aprendí de niña y me parece una de las herencias mejores que tengo. Una persona de mayor edad que la nuestra merece nuestro respeto sólo por eso, por que ha permanecido más tiempo que nosotros en este mundo.

Sé que habrá quiénes no estén de acuerdo. El respeto debe ser para todos: niños, adolescentes, jóvenes, maduros y ancianos. Es cierto.

En otros tiempos, cuando una persona estaba frente a un anciano le hablaba de usted, lo ayudaba a cruzar la calle, le cedía el asiento en el autobús. Esto es: sentía en automático un respeto especial por esa persona que ha perdido facultades y que no camina tan rápido o no sabe como enviar un correo electrónico.

Vivimos en el mundo de la prisa, de la eficacia tecnológica, de la rapidez. Y lo lento nos asusta porque nos confronta con nuestra existencia.Pero vamos a llegar a ese momento en el que las piernas no nos respondan y la vista se canse. Eso si llegamos. Y se nos olvidarán cosas, y dependeremos de quiénes nos echen la mano.  Y sentiremos profunda tristeza si nuestros hijos no quieren escucharnos o usan (groseramente) su teléfono durante los 20 minutos que nos visitan.

Tenemos mucho que aprender de nuestros viejos. Y mucho que agradecerles. Ser compasivos, dejar nuestra absurda soberbia de lado y ser amables con ellos hablará de nuestra grandeza.

¿Blanco, negro o gris?

Cuando hablamos sin pensar solemos emitir juicios de blanco o negro. Esto que esta persona hace está mal o lo que hizo o dijo fulanita está bien. Somos radicales y creemos que las personas, los eventos o las situaciones son o blancas o negras. Perdemos de vista los grises. Las tonalidades que están entre lo perfecto y lo imperfecto.

Ninguna persona hace todo bien. Nadie es totalmente malo. En medio de lo bueno hay desventajas y en las peores situaciones se encuentran beneficios. Juzgar a la ligera a los demás nos hace ser crueles, poco compasivos y nada inteligentes.

Expresar sentencias categóricas respecto a otro ser humano es realmente inhumano. La persona con más errores tiene muchos aciertos. La que presume de hacer las cosas muy bien, tenlo por seguro, está intentando ocultar derrotas.

Cuando ganamos también perdemos. Cuando perdemos solemos ganar mucho aunque nos tardemos en descubrirlo. Desarrollemos compasión y empatía por el otro, reconociendo que en todos nosotros hay muchos matices, contradicciones, ambivalencias e incongruencias. Pensemos antes de hablar y si se trata de juzgar, es mejor callar. Somos una inmensa gama de sutilezas. Así de complejos somos. Así de interesantes. Ni todo bueno ni todo malo.