Dejar ir

Dejar ir, soltar, no aferrarse, no controlar…

Conforme nos vamos haciendo mayores (y eso es algo que sólo la muerte puede detener) debemos aprender a dejar ir: a los amores, a los hijos, a las creencias equivocadas, a los hábitos poco saludables, a las ideas sobre “el amor perfecto”, “la amistad incondicional”, “la felicidad absoluta”, “el control de nuestras vidas”.  Soltar, aprender a vivir con poco, deshacernos del equipaje.

Creo que además debemos abandonar esas ideas falsas que sólo nos hacen sentirnos frustrados. Me refiero a ideas sobre lo perfecto, lo absoluto, lo definitivo. Nada es así. Lo que hoy es de un modo, mañana será diferente. Lo que crees que ya sabes, la vida se encargará de demostrarte que no es así. Es bien cierto que cada día trae consigo nuevas enseñanzas. Cuando sentimos que algo es seguro es un momento antes de descubrir lo incierto de casi todo.

De ahí que aprovechar las buenas rachas, disfrutar los buenos momentos, gozar al máximo, beberse la vida buena. Y en los momentos de dificultad recordar que nos deben servir para aprender y para crecer.

Vivir es difícil. Y cuando lo reconocemos, abrimos la puerta a las posibilidades, le damos la bienvenida al espíritu de lucha y así, tropezamos de repente, con que vivir es también maravilloso y que si sabemos reconocer todo lo que si tenemos, todas las batallas que hemos enfrentado, todas las lágrimas que hemos llorado, podemos sentir que hemos sido muy valientes. Más fuertes de lo que pensamos. Más afortunados de lo que solemos reconocer.

 

Tres obstáculos para crecer

Crecer y ser mejores personas requiere superar tres obstáculos en relación a los demás. Estos obstáculos son tendencias que no debemos permitir que nos dominen.

  1. Ponerse en el centro de atención. Creer que lo que los demás hacen y dicen es dirigido para nosotros. Es tomarse todo personal. Es olvidar que la mayoría de las veces lo que los otros hacen, dejan de hacer, no va con dedicatoria. Cada uno tiene sus motivos para actuar y no podemos adivinar cuales son.
  2. Compararse con los demás. De las comparaciones surgen sentimientos muy negativos: envidia por que los otros tienen más que uno, o son mejores en algo. La envidia es natural pero debe servir sólo como una guía para reconocer en que nos falta mejorar y nunca para desearle un daño al otro.
  3. Considerarse superior a los demás. Si tienes esta tendencia, te harás mucho daño. Puede que sepas más que otro o tengas más de alguna cosa que otros pero esto no te hace superior. Esto te responsabiliza con respecto a ellos. Si tienes un privilegio, debes compartirlo, donarlo al mundo, ayudar.

Caminos para crecer

Existen diversos caminos para el crecimiento personal. Algunos los elegimos conscientemente y por otros hemos transitado sin desearlo o sin entender como es que llegamos a esa ruta. En términos muy generales, enuncio tres de los caminos que he identificado:

Un camino muy recorrido es el del sufrimiento: actuamos sin pensar ni medir las consecuencias de nuestros actos, esto nos lleva al dolor y en caso de no aprender y asumir las consecuencias de nuestros actos, podemos seguirlo recorriendo, repitiendo así el patrón de sufrimiento.

Otro camino es el de los resultados, este camino implica una mayor conciencia y la capacidad de ser honesta conmigo misma. Es un darse cuenta en el momento. Algo no me funciona, o me sale mal, o me hace sufrir y entonces en el momento reconozco lo que no hice bien y corrijo. Este camino significa que cuando estoy ante un resultado que no deseo, asumo las causas y me pregunto: ¿que hay aquí que tengo que aprender?.

El tercer camino es el de la intención: asumo que hay una intención, un sentido en cada situación y experiencia que vivo. Descubro el sentido y actúo conforme a el. Además, reviso la intención con la que llevo a cabo cualquier tarea, cualquier actividad y especialmente cualquier palabra que sale de mi. Requiere de estar consciente, presente y de pensar en las consecuencias que tendrá cada uno de mis actos. Este es un mejor camino para transitar y puede ahorrarme muchos sufrimientos.

Envidia y destrucción

Todos sentimos envidia. No hay “de la buena” ni “de la mala”, se llama envidia  y ya. Y es un sentimiento de dolor y de enojo por no tener eso que el otro tiene: un coche, un hijo, una pareja, su belleza, su dinero, su talento. Y lo sentimos muchas veces al día.

Duele porque ese otro es un espejo de lo que yo no tengo. Y puede doler mucho.

Enoja porque da coraje enfrentarme con mi carencia. Ni modo.

¿Que hacemos con ese dolor y ese coraje? Siempre tenemos dos caminos:

1. Reconocer mi sentimiento de envidia. Admitir que quiero eso que el otro tiene y comenzar a trabajar en alcanzarlo. En una de esas hasta le pregunto a mi amiga: ¿que hiciste para lograr tener eso? y comienzo a dar los pasos para obtenerlo. En este camino hay muchas posibilidades de crecer y de dejar de sentir esa envidia.

2. Intentar destruir al objeto de mi envidia. Critico a mi amiga, devalúo la posesión del otro, se lo robo, la difamo, la agredo. En este camino no hay ninguna posibilidad de crecimiento, muy al contrario: me enveneno y le hago daño al otro, dejando destrucción en el camino.

Siempre que alguien te agrede, te lo aseguro, te tiene envidia.

Siempre que agredes al otro, te lo aseguro, le tienes envidia.

Sentir envidia es natural, actuar desde la agresión es muy peligroso. Indudablemente, tu decides.

El progreso emocional

Crecer emocionalmente es lo fundamental para acceder a una mejor calidad de vida. Nuestra edad cronológica no corresponde a nuestra edad emocional. Hay personas de 60 con actitudes y respuestas emocionales de 7 años, y hombres de 50 que actúan cómo si tuviesen 18.

Crecer duele. Por eso muchos de nosotros nos quedamos en zonas de comodidad pagando un alto precio por ello. Nos alejamos de las personas que amamos, destruimos nuestras relaciones, nos lastimamos con conductas auto destructivas. El precio de quedarnos aferrados a nuestras historias personales, a nuestros resentimientos, a heridas del pasado, a ofensas recibidas mucho tiempo atrás es muy alto. Nuestro destino se deteriora. Nuestras relaciones se contaminan con celos, con envidias, con miedo.

Perdonar, entender, escuchar a los demás y sobre todo admitir nuestra verdad es lo único que puede liberarnos de nuestra prisión afectiva. Reconocer nuestras fallas. Ser humildes. Preguntar a los otros su opinión sobre nuestro comportamiento. Admitir y entender nuestra envidia y nuestros complejos.

No tiene nada de malo ser imperfectos, lo que si hace mucho daño es pretender que todo lo hacemos bien. La soberbia es un veneno de largo alcance.

Te invito a escucharme sobre este tema: “El progreso emocional”  el Lunes 2 de Diciembre, a las 10 de la mañana, en mi Conferencia Gratuita Anual. Será en Polanco en la Ciudad de México. Aparta tu lugar escribiendo un correo a rocioarocha@gmail.com

¿Porqué leer?

Tengo la certeza de que nuestra salud mental puede ser mejor cuando leemos. Leer nos lleva a conocer lugares sin tener que salir de casa, los libros nos muestran las ideas y los sentimientos de otros. Cuando leemos, aprendemos y nos damos cuenta que no somos los únicos que sufrimos.Los personajes de las novelas se enfrentan a situaciones parecidas a las nuestras. Pensemos en el enfermo terminal Ivan Illich y el dolor de la incomprensión que sufre en su proceso leyendo a Tolstoi. Recordemos esa terrible disyuntiva que sufre Anna Karenina entre seguir con su matrimonio o decidir irse con su amante gozando a Dostoievski.

Las aventuras que pasa Rene en “La elegancia del erizo” de Barbery para, como portera de un edificio en Paris, poder leer sin ser molestada. Las vicisitudes que tiene que sufrir Medea en “Huérfanos sin abrigo” de Bárber para, quedando huérfana y siendo ciega de nacimiento construirse un futuro. El anhelo de eternidad de Dorian Grey en la novela del mismo nombre de Wilde. El amor infinito de Juventino en “El amor en los tiempos del cólera” de García Márquez. Las reflexiones de Eduardo Galeano en “Espejos”.

No caben aquí los cientos de personajes cuyas vidas me han enseñado, alimentado, entusiasmado, consolado. Tampoco caben las razones que tengo para proponer a mis lectores que lean más. Que dejemos el televisor apagado, que les leamos en voz alta a nuestros hijos si son pequeños, y a nuestros viejos si les falla la vista.

Un libro es siempre un gran amigo: va contigo a donde quieras, es incondicional para ti. Enriquece tu vida, amplía tu mundo, ensancha tus horizontes y tu lenguaje. Incrementa tu inteligencia y tu conversación. Te acompaña siempre.

Sean estas palabras un homenaje a todos los autores a quiénes les estoy tan agradecida por lo que han hecho por mi.