Causa y efecto

Solemos atribuir a la desgracia muchas de las situaciones desagradables que nos ocurren.

Es más fácil culpar al otro de lo mal que me ha ido, y ese otro suele ser la madre, el padre, un hermano, un jefe, el esposo, la esposa, un mal amigo, un hijo o un otro más anónimo como el gobierno o la crisis. Ah, también la devaluación suele ser la culpable.

En nuestra necesidad de auto destrucción gastamos de más, fumamos de más, comemos de más, bebemos de más, somos indolentes, flojos, mentirosos y ponemos nuestra salud psíquica y física en riesgo.

Y luego decimos que es culpa de algún otro.

La verdad es que la mayoría de nuestros problemas nos los hemos buscado. Cada acto tiene una consecuencia. A veces es inmediata pero muchas otras veces el resultado, el efecto, se ve sólo a lo largo de mucho tiempo. Entonces, cuando estamos viviendo el efecto, nos es más fácil olvidar la causa y culpar a otro.

Lo que siembras, cosechas. No hay modo de que no ocurra así. Si siembras agresión cosechas desprecio y soledad. Si siembras descuido personal cosecharás enfermedad. Si siembras despilfarro, cosecharás crisis económica. Nuestras acciones influyen en nuestro destino más que nuestros padres, hermanos, amigos y enemigos y más que las devaluaciones o los jefes. Hoy estamos viviendo los efectos de nuestras acciones de ayer.

¿Mereces más de la vida?

Solemos creer que no merecemos el bienestar. Que tenemos que castigarnos, sufrir, padecer, luchar demasiado o compensar a los demás si es que nos va bien.
Solemos creer que si somos felices o afortunados estamos haciendo daño a los otros.
Solemos creer que nos va a querer más si estamos sufriendo.
Da pánico ganar.
Da mucho miedo sentirse muy bien: feliz,alegre, entusiasmados.

Tengo la impresión que esto obedece a alguno de estos tres motivos:
1. El terror que genera sentir la envidia del otro. Si le “gano” a mi amiga porque yo tengo novio y ella no, puede ser que se aparte de mi. O que me critique. O que me diga algo que me haga devaluar a mi novio. Es decir, que su envidia logre destrucción. ¿La solución? Boicotearme para no despertar su envidia.
2. El pánico que sentimos si tenemos más que nuestros hermanos o nuestros padres. ¿Cómo es posible si venimos del mismo pueblo, la misma educación, los mismos valores? Además se van a enojar, y yo los quiero tanto…y quiero que estén bien… y quiero que me quieran…¿cómo los voy a confrontar con mi bienestar?. ¿La solución? Boicotearme para no despertar su envidia.
3. La culpa que sentimos ante los que no tienen la misma “suerte” que yo. Como si mi bienestar fuera cuestión de suerte. Las cosas buenas que tenemos las hemos trabajado, nos han costado y estamos pagando el precio de tenerlas. Son producto del esfuerzo, del trabajo personal, de la disciplina y si, un poco de buena suerte también.

Se nos olvida que si estamos bien podemos dejar de recargarnos en los demás y además podemos generar muchas cosas buenas a nuestro al rededor. ¡Atrévete a estar bien! En una de esas… se te acercan para seguir tu ejemplo.

Envidias entre hermanos

Todos envidiamos muchas cosas, muchas veces el día. Algunos somos conscientes de ese sentimiento que corroe, que puede incluso enfermar. Cuando nos damos cuenta de ello, podemos hacer algo positivo, cuando no nos damos cuenta, convertimos a nuestra envidia en destrucción.

Probablemente las personas que mayor envidia suelen despertarnos son nuestros hermanos o hermanas. La rivalidad por el amor de los padres comienza desde el nacimiento.

Hay padres y madres que fertilizan esa envidia al mostrar inclinación por alguno de sus hijos. Pero aun si los padres son humanamente justos entre sus hijos, no faltará una que otra Griselda o Anastasia envidiando la belleza y la fortuna de Cenicienta.

Ser amada, ser bonita, tener éxito social o familiar puede despertar la ira de una hermana. Tener un buen trabajo, buenos hijos o un buen matrimonio puede enfurecer al más tranquilo de los hermanos.

El problema estriba en sentir culpa o en sabotearnos con tal de impedir la envidia, que, de todas maneras, existirá. Lo único que se puede hacer para neutralizar la agresión proveniente de la envidia que se despierta en un hermano o hermana es nada. No hay modo de evitarla. Hay que seguir buscando el bienestar, aunque a los demás les duela.

Separación y autoestima

Ante la ruptura de una relación de pareja surgen diversas emociones dolorosas: nos sentimos desesperados, inadecuados, perdidos, solitarios, devaluados. Nos preocupa lo que nuestra familia y nuestros amigos pensarán de nosotros. Tememos dejar ir nuestras costumbres cotidianas. Nos preocupan nuestros hijos. Nos angustia nuestro futuro emocional y financiero. Lo peor de todo: nos sentimos mal con nosotros mismos: ¿que hice mal para que él ya no me quiera? ¿en qué me equivoqué?

Ante la separación estamos perdiendo contexto, historia y el sentido de identidad.

Es una etapa muy dolorosa. Y tendemos a culparnos a nosotros mismos perdiendo la perspectiva: hay muchas otras razones además de nuestras fallas. La tendencia natural es a sentir el final de una relación como una falla personal. Y esto nos lleva a una devastadora crisis de autoestima.

Las relaciones se terminan por muchos motivos más allá de nuestros errores. Se terminan porque las relaciones tienen ciclos. Se terminan porque uno de los dos cambió sus prioridades. Se terminan porque ya no están siendo enriquecedoras para los dos. Se terminan porque iniciaron mal. Hay muchos motivos. Terminar una relación es una gran oportunidad para crecer, para aprender, para conocernos mejor. Implica gran sufrimiento, sin duda, pero no olvidemos que el sufrimiento nos brinda humildad, empatía, espacio para pensar. El sufrimiento nos fortalece. Y si ya no nos enriquecía la relación ¿para qué prolongar la agonía?.

Lo fundamental es no quedarnos sólo en el territorio de la culpa. Hay que pasar al del aprendizaje, al de decirnos la verdad. Sólo la verdad respecto de lo que pasó logrará liberarnos del dolor. Separarse es iniciar una nueva etapa. El camino no es fácil pero depende de ti que tan interesante y productivo lo hagas.

¿Qué historia estás repitiendo tu?

Nuestro grupo familiar nos hereda muchas cosas: nos da un sentido de pertenencia, nos provee de valores, de creencias, de modos para enfrentar a la vida. Nos enseña sobre el matrimonio, sobre el dinero, sobre la educación: desde como preparar un platillo, como alimentar a un bebé, como celebrar una fiesta. Nos enseñan sobre como son los hombres, las mujeres, los jefes, los empleados. ¡Y que bueno! Necesitamos de nuestro grupo familiar para hacernos de una vida.

Sin embargo llegará el día en el que tendremos que dejar de “pensar y actuar como ellos” para empezar a pensar por cuenta propia y a actuar en consecuencia. Hacer esto es muy doloroso, y lo es porque se despiertan sentimientos de culpa, hay remordimientos, hay sensaciones de vacío, hay sentimientos de traición. Desidentificarse con el clan familiar duele. Duele mucho. Y seguramente nos encontraremos con opositores que nos señalarán y nos acusarán por esto.

Si tu estás repitiendo la historia de tu madre, o de tu padre, o de un hermano que ya no vive, o de una abuela o de cualquiera de tu familia…es seguro que no has logrado dar ese paso que requiere resistir el sentimiento de culpa pero que es fundamental, indispensable para salir de esa repetición que te limita y te impide escribir tu propia historia.

¿Te atreverás a cuestionar lo que te enseñaron? ¿Les dio resultado vivir con esas creencias? ¿Qué repetirán tus hijos si no desatas los hilos de tu historia familiar?

¿Soy culpable de la enfermedad de mi hijo?

Las madres de hijos que padecen trastornos psiquiátricos como son esquizofrenia, bipolaridad, autismo y otros, suelen echarse la culpa a sí mismas. Que si no se alimentaron bien durante el embarazo, que si pensaron que no los querían, que si cuando fueron bebés no les dieron suficiente atención, que si les habrá afectado algún determinado comportamiento.

El sufrimiento, la angustia, el dolor de ver sufrir a un hijo es tremendo. Las angustias, el estrés, el desgaste económico, de tiempo, de energía es inmenso. Si a esto le añadimos una culpa se incrementa de modo muy importante el peso que se lleva.

Los comentarios profundamente ignorantes de los otros pueden causar estragos. Las pseudo teorías, que atribuyen deficiencias en la crianza de la madre lo esencial para la enfermedad son métodos crueles e inhumanos que laceran.

Es muy importante informarse adecuadamente. Los factores hereditarios, los trastornos cerebrales orgánicos que se producen en los primeros meses de gestación (con absoluta independencia del amor que la madre sienta por ese bebé) son los responsables principales de estas enfermedades. La ciencia no tiene aún suficientes respuestas, pero si se sabe que la esquizofrenia y la bipolaridad NO son producto del “desamor” o del “descuido” de una madre. Es casi como creer que el niño tiene los ojos azules o verdes por mi culpa, y que si lo amo lo suficiente lograré que sean cafés o negros.

No escuches hipótesis producto de la psicología barata. No te creas hipótesis simplistas que sólo te hacen daño. Y no te angusties imaginando el futuro. Cómo escribiera en su momento Santa Teresa: “a cada día su propio afán”.