Heredar traumas

Los seres humanos recibimos muchas herencias de nuestros padres, que van más allá de lo económico. Algunos reciben dinero, propiedades, vajillas, joyas, títulos nobiliarios, libros, muebles, pinturas, relojes: podría citar tantos objetos cómo hay en el mundo.

Otros no reciben nada tangible: objetos o propiedades o dinero.

Lo que todos recibimos demás, desde luego, de nuestra herencia genética (color de ojos, debilidad de un órgano, fortaleza de otro, tendencia a diabetes o al alcoholismo) es nuestra herencia psíquica. Heredamos preferencias por cierto arte, aptitudes para hablar en público o tocar el piano, disposición para deprimirse o para reír. Además, heredamos los traumas que nuestros padres no elaboraron.

Cuando vivimos un trauma, es decir, un impacto que altera nuestro equilibrio, necesitamos elaborarlo: hablarlo, entenderlo, acomodarlo, llorarlo. Sí no lo lloran nuestros ojos lo llorará nuestro cuerpo y sí no logramos superarlo del todo (por falta de ganas, de valor, de información  o de tiempo) entonces se los dejamos, en herencia, a nuestros hijos.

Y nuestros hijos se verán en la disyuntiva: ¿vivo mi vida o elaboro el trauma de mi madre o de mi padre?. Todo esto de modo inconsciente, desde luego. Por eso es tan necesario elaborar nuestros traumas: no sólo tendremos una vida con mayor calidad al superar el miedo, el enojo, el resentimiento o el dolor, sino que dejamos en libertad a nuestros hijos, para que construyan su propia vida.