Hijos que no se van: pájaros sin alas

Recibo con frecuencia cartas por correo electrónico en donde padres o madres me confían el problema al que se enfrentan cuando un hijo de 35, 40 o más años vive en casa de sus padres. Los motivos son diversos: no se ha casado, se casó y se divorció y así regresó incluso con uno o dos hijos, nunca se fue aunque se embarazó.

Estos hijos suelen ser muy exigentes: además de techo quieren comida, sustento, trato especial, atenciones diversas. Incluso son groseros con sus padres.

Yo creo que están muy enojados. Y sus padres también. Deshijar a los hijos es una de nuestras tareas como padres. Echarlos a volar para que desplegando sus alas hagan sus vidas. Mantenerlos es infantilizarlos e impedirles que crezcan.

Da miedo que se vayan. Asusta el nido vacío, la soledad, el enfrentarse a una pareja que se ha vuelto desconocido. Da miedo dejar de ser necesitados. Da miedo ser viejos. Pero no debemos dejarnos vencer por nuestros miedos. Más aterrador es permitir maltratos. Debemos dejarlos crecer. Si no lo hacemos, estamos cometiendo el crimen de paralizarlos, de cortarles las alas.

¿Perdonar una infidelidad?

Pocas experiencias más dolorosas que vivir una infidelidad de tu pareja. Nos sentimos traicionados, humillados, maltratados, enojados y muy tristes.

Una vez que se descubre hay un terremoto en nuestro interior. ¿Debemos perdonarla?

Si tu pareja te lo ha confesado podemos pensar que es porque quiere seguir contigo. Si ha sido un buen esposo, novio, padre, compañero y está dispuesto a no repetirlo, yo creo que puede valer la pena perdonarlo.

Si lo descubres y cínicamente lo niega o lo acepta pero no le interesa seguir contigo: debes tener la dignidad suficiente para dejarlo ir. Y si, perdonarlo con el tiempo pero no para regresar.

El perdón es un proceso, no un acto único. Un poco de “te quiero perdonar pero no sé si lo lograré” es lo más humano. Primero debes expresar tu enojo. Después llorar profundamente tu tristeza. Después, revisar tu comportamiento como pareja. Y al final, pensar en lo que más te puede hacer feliz.

Es muy difícil reparar un daño así, pero si tu descuidaste la relación y tu pareja en verdad quiere estar contigo, creo que en ese caso SI que vale la pena perdonar.

Basureros emocionales

En una casa, cada día se genera basura: es inevitable. Si se tienen contenedores, trituradores, ceniceros, botes diversos o mejor aún una composta entonces hay modo de dejar ir y hasta convertir en algo positivo esa basura cotidiana que proviene de empaques, de cáscaras de frutas, de sobras de comida (espero que no desperdicies comida) y de otros lugares. Imagina ahora que no hay donde depositarla o reciclarla: el cúmulo de basura sería tal que llegaría el momento en que sería imposible vivir en esa casa.

En una persona, a diario se genera “basura emocional”: el coraje, el odio, la envidia, la tristeza, el miedo, la indolencia, la pereza, el resentimiento, la impaciencia. si se tienen contenedores, amigos, terapeutas, grupos de apoyo, meditación, ejercicio, es decir, lugares para reciclar, acomodar, ordenar, entender estas “basuras emocionales” es posible seguir viviendo. A veces no se tienen y ¿que hacemos? utilizamos como basurero a la primera persona que se ofrezca. Tu pareja, tu hijo que no puede defenderse, tus padres, tus hermanos y si, hasta a tus amigos.

Uno no debe aceptar la “basura emocional” de nadie. Apenas podemos con la nuestra. Así que si llega alguien de tu familia o de tu comunidad a gritar, insultar, devaluarte, ofenderte, despreciarte, humillarte, envidiarte, chantajearte o manipularte: recuerda que esa persona te está viendo cara de basurero. Devuélvele su basura.  Si un vecino echa su basura en tu patio, te recomiendo mucho llamarlo y decirle: “se le cayó esto por error, aquí se lo devuelvo”.

Recicla tu basura. Y, de preferencia, genera la menos posible. Y que cada quién se ocupe de la suya.

Envidia y destrucción

Todos sentimos envidia. No hay “de la buena” ni “de la mala”, se llama envidia  y ya. Y es un sentimiento de dolor y de enojo por no tener eso que el otro tiene: un coche, un hijo, una pareja, su belleza, su dinero, su talento. Y lo sentimos muchas veces al día.

Duele porque ese otro es un espejo de lo que yo no tengo. Y puede doler mucho.

Enoja porque da coraje enfrentarme con mi carencia. Ni modo.

¿Que hacemos con ese dolor y ese coraje? Siempre tenemos dos caminos:

1. Reconocer mi sentimiento de envidia. Admitir que quiero eso que el otro tiene y comenzar a trabajar en alcanzarlo. En una de esas hasta le pregunto a mi amiga: ¿que hiciste para lograr tener eso? y comienzo a dar los pasos para obtenerlo. En este camino hay muchas posibilidades de crecer y de dejar de sentir esa envidia.

2. Intentar destruir al objeto de mi envidia. Critico a mi amiga, devalúo la posesión del otro, se lo robo, la difamo, la agredo. En este camino no hay ninguna posibilidad de crecimiento, muy al contrario: me enveneno y le hago daño al otro, dejando destrucción en el camino.

Siempre que alguien te agrede, te lo aseguro, te tiene envidia.

Siempre que agredes al otro, te lo aseguro, le tienes envidia.

Sentir envidia es natural, actuar desde la agresión es muy peligroso. Indudablemente, tu decides.