No desdeñes consejo aunque seas sabio y viejo

Este refrán se refiere a aquellas personas que no aprenden de las experiencias de los otros.

Cada vivencia tiene algo que enseñarnos y es fundamental aprender de lo malo y de lo bueno que nos pasa. Y es el mejor modo de elaborar nuestras experiencias.

Sin embargo, también podemos aprender de las experiencias de los demás. Eso nos ahorrará muchos sinsabores.

Nunca se sabe suficiente, nunca se es demasiado viejo como para dejar de aprender.

Escucha a los otros, pregunta, aprende de los otros. Cultiva la humildad y llegarás muy lejos.

Cambiar a los demás

Una de las fuentes de sufrimiento más estériles y destructivas que conozco es la de desear e intentar que el otro cambie.

Invertimos demasiado tiempo en lamentarnos porque esa persona no es como nosotros queremos que sea. No hace lo que nosotros pensamos que sería mejor o lo que nos gustaría que hiciera. No deja de hacer eso que tanto nos incomoda o nos molesta.

Utilizamos estrategias diversas: enojos, manipulaciones, chantajes, martirizarnos, reaccionar agresivamente. Sugerirle que vaya a terapia o que tome un curso o que lea determinado libro. Y el otro…sigue siendo como es.

No podemos cambiar a los otros. Apenas podemos aspirar a cambiarnos a nosotros mismos y eso sólo un poco y ese poco suele impactar mucho.

Aceptar al otro como es, con todo eso que nos gusta y todo eso que no nos gusta. Conocerlo, escucharlo, comprender sus motivaciones, su historia, la etapa de vida en la que se encuentra, sus miedos, eso si que es una buena empresa. Dejar ir la idea de que los demás tienen que ser y hacer lo que yo espero. Cada persona tiene mucho que enseñarnos. Si logramos respetar al otro y dejar de intentar cambiarlo, tendremos la oportunidad de aprender a amar.

¿Ves al otro?

Cada uno de nosotros tiene un mundo interno que está lleno de nuestros recuerdos, experiencias vividas, emociones sentidas, pensamientos, ideas, creencias, significados. Desde ese lugar entendemos al mundo y nos comunicamos con el otro. Desde ahí intentamos ver al otro. Lamentablemente, en muchas ocasiones somos incapaces de ver al otro porque sólo lo vemos en base a lo que el otro puede hacer por mi, o lo que me da, o lo que no me da.

Cada uno de nosotros necesitamos continuamente reconocimiento a nuestra existencia. Cuando alguien me pregunta por como me siento, o como estoy, o que pienso o siento con respecto a algo, está intentando entrar a esa “casa virtual” en la que vivo. Abrirle la puerta y permitirle conocer esos rincones de mi vida siempre es reconfortante. Dejamos de sentirnos aislados al menos por momentos.

En muchas “conversaciones” (y lo pongo entre comillas porque no pueden llamarse así) el otro sólo habla de lo que le pasó, de lo que necesita, de lo que le atañe, pero no pregunta nada a su interlocutor. Es una especie de descarga, de arrojar a quién se deje sus quejas, sus temores, sus ansiedades. Y eso está bien, si no es el único modo de estar con el otro.

Cuando salimos de un encuentro así, nos quedamos con una sensación extraña, cómo si lo mío no importara. Cuando alguien no nos ve, el deseo de estar con esa persona disminuye. Intentemos ver al otro. Preguntemos y desarrollemos la paciencia para escuchar atentamente, sin juicios, sin interrumpir, sin saltar a dar nuestra opinión. Es el antídoto contra la soledad. Cuando le damos ese regalo de VER al otro, ese otro querrá más nuestra compañía, y nosotros seguro que habremos aprendido algo.