Vergüenza y reparación

¿Te has sentido avergonzado alguna vez? ¿Te has quedado sin dormir pensando en aquello que hiciste, que sabes bien que no estuvo bien, y queriendo regresar el tiempo y borrar tu acción?
Creo que casi todos los seres humanos hemos pasado por al menos una situación de que nos despierta vergüenza, culpa, arrepentimiento.
¡Que bueno es poder admitirlo!
Esto nos evidencia que tenemos una conciencia moral. Nos deja saber que tenemos un deseo de ser mejores personas, que somos capaces de ser humildes y que podemos corregirnos y reparar.
Somos humanos cuando apelamos a lo mejor de nosotros. Somos más humanos cuando ejercitamos nuestra capacidad para pensar.
Cometer errores es fácil. Es inevitable. Saber reconocerlo y actuar en consecuencia es mucho más difícil.
De no tener el aviso que la punzada de la vergüenza nos hace sentir, podríamos cometer errores mucho mayores, con su respectivo precio.
Hablar de lo que hicimos mal y hacernos la promesa íntima y comprometida de reparar y de no volver a cometer ese tipo de imprudencias nos hará crecer: en humildad, en valentía y lo más importante: en dignidad.

Soberbia y Sufrimiento

Es frecuente creer que el sufrimiento no tiene nada que ver con mi modo de ser, y esto suele ser un error. La ignorancia es una de las causas del sufrimiento, otra es la soberbia. La soberbia nos conduce a cometer errores graves que pueden causarnos mucho dolor. Cuando no somos capaces de pedir ayuda, cuando creemos que a nosotros no nos puede pasar nada malo o sentimos que somos superiores a otros, estamos aumentando las posibilidades de sufrir inútilmente.

Del mismo modo, la humildad es una virtud que puede ayudarnos mucho en ahorrarnos dolor. Desde la soberbia las pérdidas duelen mucho más, porque nos quedamos atorados en pensar ¿porqué a mi? sin reconocer que -casi siempre- hemos sido los responsables absolutos de nuestra desgracia. Es más fácil culpar al otro y decir: “de repente, mi pareja me dejó de querer” y así no tenemos que enfrentarnos con lo que nosotros hicimos para que esto sucediera. O nos quejamos “no tengo dinero para pagar mis deudas” en lugar de reconocer que hicimos mal uso de nuestra tarjeta de crédito, por ejemplo.

Es fundamental reconocer nuestra participación en lo que nos ocurre, no atribuir al azar lo que es sólo imputable a nuestra falta de responsabilidad. El dolor de hace doble cuando no nos decimos la verdad y reconocemos humildemente nuestro error. Al reconocerlo nos aseguramos de no volver a cometer ese error, pero si nuestra soberbia nos impide reconocerlo, entonces volveremos a sufrir y no encontraremos la lección que todo dolor encierra.