Agresión y maltrato

Mientras más infeliz es una persona, que duda cabe, se torna más agresiva con los demás. Lastimar a otros es como darse un balazo en el pié. Te haces un daño terrible a ti mismo cuando dañas al otro, cuando lo humillas o lo ofendes. Tu pierdes porque te pierdes a ti mismo. Pierdes porque actúas sin pensar, desde el impulso y actuar impulsivamente siempre trae consecuencias negativas. La regla de oro “trata a los demás como te gustaría ser tratado” debe ser el criterio para tus relaciones con todas las demás personas.

Si estás molesto con alguna persona, lo ideal es que se lo comuniques de un modo pacífico, directo, usando palabras que no sean hirientes sino descriptivas de la situación. Cuando más pronto lo hagas será mejor porque el enojo que se va a acumulando se convierte en un fuego que arrasa, destruye y convierte en cenizas a la relación. Si el otro no te puede o no te quiere escuchar, puedes intentar comunicarlo de un modo diferente. Y también existe la posibilidad de poner una distancia que ayude a que se enfríen las cosas para que a través de la perspectiva que la separación brinda puedas comprender el porqué de tu incapacidad para haber puesto el límite adecuado en el momento justo.

Yo observo con pesar como algunas personas tratan tan mal a quiénes les sirven: el chofer, la sirvienta, el mozo, el mesero, el empleado. Ese mal trato despierta odios, enojos y deseos de venganza.  Ese maltrato es responsable en parte, de la violencia. Surge de la ignorancia, de la prepotencia, del narcisismo maligno, de la  estupidez. Las personas, todas, sentimos. Y tenemos historia: padres, hijos, eventos dolorosos y eventos preciosos. No porque no se tenga la situación económica, social o cultural del otro, estamos despojados de nuestra dignidad. Tu actitud y tu modo hablan de tu cultura. Demostremos nuestra educación y hagamos menor la brecha que nos separa de los que nos son extraños y diferentes.