Sé bueno contigo

Tratarnos bien a nosotros mismos suele ser difícil. Esto puede deberse a que creciste sintiendo que merecías menos que los demás o a que creas que no mereces ser feliz.

Hay muchos modos en los que nos maltratamos: uno de ellos es no expresando a los demás lo que en verdad necesitamos, otro es siendo muy duros con nosotros mismos en juicios, otra es no descansar lo suficiente, otra más es resignarte en tu dolor y dejar de luchar por salir del mismo, la lista es grande.

Es imposible que ayudes a otros si no empiezas por tu propia persona.

Pregúntate varias veces al día, especialmente cuando te sientas enojado, incómodo o irritado por estar haciendo algo que no quieres hacer: ¿estoy de mi lado o del lado del otro?, ¿estoy luchando por mis propios y genuinos intereses? y después de responder a estas preguntas trae a tu mente a una persona a la que realmente le importas y piensa que opinaría de lo que estás haciendo. Además, piensa con cariño y ternura en ti. Respira profundo y piensa en ti cuando eras niño y promete cuidarte mejor en adelante.

Agresión y maltrato

Mientras más infeliz es una persona, que duda cabe, se torna más agresiva con los demás. Lastimar a otros es como darse un balazo en el pié. Te haces un daño terrible a ti mismo cuando dañas al otro, cuando lo humillas o lo ofendes. Tu pierdes porque te pierdes a ti mismo. Pierdes porque actúas sin pensar, desde el impulso y actuar impulsivamente siempre trae consecuencias negativas. La regla de oro “trata a los demás como te gustaría ser tratado” debe ser el criterio para tus relaciones con todas las demás personas.

Si estás molesto con alguna persona, lo ideal es que se lo comuniques de un modo pacífico, directo, usando palabras que no sean hirientes sino descriptivas de la situación. Cuando más pronto lo hagas será mejor porque el enojo que se va a acumulando se convierte en un fuego que arrasa, destruye y convierte en cenizas a la relación. Si el otro no te puede o no te quiere escuchar, puedes intentar comunicarlo de un modo diferente. Y también existe la posibilidad de poner una distancia que ayude a que se enfríen las cosas para que a través de la perspectiva que la separación brinda puedas comprender el porqué de tu incapacidad para haber puesto el límite adecuado en el momento justo.

Yo observo con pesar como algunas personas tratan tan mal a quiénes les sirven: el chofer, la sirvienta, el mozo, el mesero, el empleado. Ese mal trato despierta odios, enojos y deseos de venganza.  Ese maltrato es responsable en parte, de la violencia. Surge de la ignorancia, de la prepotencia, del narcisismo maligno, de la  estupidez. Las personas, todas, sentimos. Y tenemos historia: padres, hijos, eventos dolorosos y eventos preciosos. No porque no se tenga la situación económica, social o cultural del otro, estamos despojados de nuestra dignidad. Tu actitud y tu modo hablan de tu cultura. Demostremos nuestra educación y hagamos menor la brecha que nos separa de los que nos son extraños y diferentes.

La soledad y su riqueza

En nuestra cultura hay un temor flotante a la soledad. Se le concibe cómo algo “malo”, triste, negativo. Y en aras de evitarla a toda costa entablamos relaciones con personas que nos lastiman, que no pueden valorarnos o que incluso nos desprecian.

Escuché recientemente la historia de un hombre que decidió ceder en todo ante una mujer con tal de tener una pareja. Ella abusó de él jugando con sus sentimientos, vaya, le perdió todo el respeto. Cuando le pregunté a él ¿porqué permitiste todo esos abusos? me respondió que no tolera la soledad, que necesita urgentemente una pareja.

Estar solo es en realidad estar con uno mismo. Es escuchar nuestras angustias, nuestros miedos, nuestros pensamientos. Eso puede ser muy amenazante. Pero sí lo hacemos desde la perspectiva de darnos la oportunidad de convivir con esa persona (que somos nosotros mismos) y la vamos conociendo, queriendo, respetando, cuidando, nos daremos cuenta del inmenso valor que sí poseemos. En la soledad podemos aprender mucho. Podemos reflexionar sobre lo que sí queremos y sobre lo que ya no deseamos en nuestra vida.

En la soledad podemos leer, escuchar música, ordenar nuestras cosas, planear nuestros años venideros. En la soledad podemos enriquecer nuestra vida. Y tendremos mejores cualidades que ofrecer a los demás cuando estamos acompañados.

Aceptar que otra persona nos maltrate, por miedo a la soledad, o por cualquier otro motivo, es muy doloroso. Mucho más doloroso que el camino de aprendizaje de cómo convivir con nosotros mismos. La vida es un privilegio, difícil muchas veces, pero llena de belleza, si sabemos verla.