Cambiar a los demás

Una de las fuentes de sufrimiento más estériles y destructivas que conozco es la de desear e intentar que el otro cambie.

Invertimos demasiado tiempo en lamentarnos porque esa persona no es como nosotros queremos que sea. No hace lo que nosotros pensamos que sería mejor o lo que nos gustaría que hiciera. No deja de hacer eso que tanto nos incomoda o nos molesta.

Utilizamos estrategias diversas: enojos, manipulaciones, chantajes, martirizarnos, reaccionar agresivamente. Sugerirle que vaya a terapia o que tome un curso o que lea determinado libro. Y el otro…sigue siendo como es.

No podemos cambiar a los otros. Apenas podemos aspirar a cambiarnos a nosotros mismos y eso sólo un poco y ese poco suele impactar mucho.

Aceptar al otro como es, con todo eso que nos gusta y todo eso que no nos gusta. Conocerlo, escucharlo, comprender sus motivaciones, su historia, la etapa de vida en la que se encuentra, sus miedos, eso si que es una buena empresa. Dejar ir la idea de que los demás tienen que ser y hacer lo que yo espero. Cada persona tiene mucho que enseñarnos. Si logramos respetar al otro y dejar de intentar cambiarlo, tendremos la oportunidad de aprender a amar.

Sufrir para ser querido

¿Cuántas personas conoces que “sufren” o dicen que sufren para ser queridas? Esas que te narran sus sacrificios cómo: “me divorcié por ti querido hijo, para que tu padre no te dañara” o también: “me quedé con tu padre por ti, para no dejarte sin padre”… y así podemos seguir enumerando ejemplos de personas que al no poder hacerse responsables de sus actos te echan la culpa de lo que hicieron o dejaron de hacer por ti. “Tú me haces enojar” es otro clásico aunado al de “sólo puedo ser feliz contigo”.

Que difícil resulta asumir que NADIE es responsable de nuestro sufrimiento, ni de nuestro bienestar, más que nosotros mismos. Esto desde luego es válido a partir de la edad adulta que no muchos alcanzan en su psiquismo si bien no pareciera ante su edad cronológica. Nuestras alegrías y penas dependen, fundamentalmente, de nuestros pensamientos y de nuestros actos. Claro que un otro puede ser grosero, agresivo, indiferente incluso con nosotros pero depende sólo de cómo decidamos responder a ello si se va a poner en juego nuestro bienestar emocional.

Es un recurso muy popular y gastado el de aparentar dolor para obtener a cambio, un amor o reconocimiento que no logramos adquirir por medios menos manipuladores y agresivos. Es una agresión muy grande hacer sentir al otro cómo una persona terrible con ese inmenso poder de dañarnos. Lo peor es creerlo y vivir en ese sentimiento de culpa que engancha y que limita poderosamente nuestra libertad.

Atrévete a ser feliz aunque eso no te gane reconocimiento o afecto (que hay que decirlo, si viene desde la compasión o la culpa es superficial y vano). Atrévete a pensar qué es lo que te hace sentir bien y te ayuda a dejar el chantaje cómo tu forma básica de relacionarte.