O te dan o te quitan

En cada una de nuestras interacciones con los demás estamos ante la posibilidad de recibir o de perder algo. 

Muchas personas son en realidad depredadores que están buscando despojarte de algo. Quieren tu tiempo, tu dinero, tu energía, lo que sea que tengas.

Otras muchas personas son nutricias: te enriquecen, te ayudan, te apoyan, te dan una mirada atenta, una escucha compasiva, un empujón necesario.

Esto depende de múltiples factores: el lugar en donde te encuentras con ese otro, la condición de cada cuál, la situación particular de vida.

Cada uno de nosotros, de modo inconsciente, comunicamos si estamos dispuestos a ser despojados o si por el contrario deseamos obtener algo.

Por supuesto, también existen las relaciones mutuales. Estas son aquellas en las hay un intercambio justo, en las que hay equidad.

En éste tipo de relaciones hay un intercambio justo. Las dos personas resultan beneficiadas de la interacción.

No es mala idea revisar de uno a uno como están nuestras relaciones. ¿La mayoría me quitan, se aprovechan de mi? ¿Me tropiezo siempre con personas carentes, hambrientas, espíritus famélicos? O por el contrario mis encuentros son nutricios, saliudables, energetizantes.

Salvo en ciertas condiciones de dependencia, como puede ser entre una madre y su bebé, en general debemos estar atentos a que si la relación es entre dos adultos el intercambio debe ser justo. Yo hago este trabajo para ti y tu me pagas lo justo. Yo hago este favor para ti y tu me agradeces oportunamente. Yo te presto dinero esta vez, pero a la siguiente me prestas tu. 

Podemos pensar en cientos de ejemplos en donde nuestras relaciones no cumplen la norma de la equidad. O damos demasiado, para complacer o para que nos quieran, o somos francamente abusivos y arbitrarios en nuestras relaciones. Detenerse a revisar la balanza puede ser un paso prudente.

La utilidad del conflicto

Muchos de nosotros le tememos al conflicto. Creemos que si de un conflicto en una relación significa que no sabemos hacer las cosas bien o que somos incapaces. La verdad es que está implícito en cualquier relación, de amistad, profesional, de padres, de hermanos, de pareja. Y cuando el conflicto se maneja y se supera, la relación mejora.

Los conflictos tienen la finalidad de ayudarnos a conocernos mejor y conocer mejor al otro, de ahí que los conflictos sirven para fortalecer nuestras relaciones.

La convivencia es difícil. Cada quién tiene sus intereses, sus miedos, sus complejos. El éxito de una relación no consiste en no tener conflictos, consiste en aprender a manejarlos.

Para manejarlos los primero que debemos hacer es reconocerlos. Admitir lo que nos está molestando y después comunicarlo. Aquí es en donde entra la parte más difícil porque muchas veces no sabemos como expresarnos. Es importante no usar adjetivos para el otro y hablar desde un lugar de paz y de consideración hacia los sentimientos del otro. Decir, por ejemplo: “yo me siento enojada cuando tu no me avisas que no vas a llegar a cenar” es muy diferente a decir: “no te soporto porque eres un irresponsable y no me avisas”. En el pedir está el dar. Y también ¿porque no? aprender a usar nuestro lenguaje no verbal para comunicarnos más efectivamente. El punto es no acumular. Si permites que se acumule el enojo, el rencor, el miedo y no lo comunicas la relación se contamina y a veces, resulta imposible limpiarla.

Aguantar y destruir

A muchos de nosotros nos ocurre que tememos poner límites en las relaciones: callamos cuando algo no nos parece bien, lloramos en silencio si nos sentimos lastimados, no nos quejamos con tal de no pelear. Aguantamos.

Cuando nos aguantamos sin quejarnos, creemos que es lo mejor. Lo que es difícil es darse cuenta que esa nunca es una buena solución porque se va llenando el vaso y un día, el menos pensado, cae la gota que lo derrama. Y puede ser que tanto “aguante” nos haga explotar: decir cosas que no queremos decir, enojarnos profundamente, lastimar y herir a quién amamos, destruir una relación.

Aguantar no sirve para nada. Solo daña a uno mismo y a la relación. Esta no es una invitación a pelear todo el tiempo, no. Es una sugerencia que a mi me ha costado años y mucho dolor aprender: cuando algo no te parezca: dilo. Cuando te estés sintiendo lastimada: avísale al otro. Los demás no pueden leer nuestros pensamientos. No tienes que decirlo enojada, ni insultar, ni ofender. Siempre hay un modo de decir las cosas. “Esto que estás haciendo me lastima”. “Me siento ofendida cuando haces esto”. No es fácil, pero es mucho mejor que tolerar lo intolerable y acabar siendo una víctima (por no saber poner límites) y dañando severamente la relación.

Atrévete a decir “esto no lo quiero, esto no me gusta, esta conducta tuya me hace daño”. Si el otro te quiere, sabrá respetarte. Pero para que el otro me respete, siempre tengo que comenzar por respetarme yo.