Morir en vida

Morir en vida significa dejar de correr riesgos para quedarnos instalados en el dolor del pasado, creyendo que no podremos hacernos de una nueva historia.

Morir en vida significa dejar de aprender porque creemos que ya lo sabemos todo y que no necesitamos seguir aprendiendo.

Morir en vida no es otra cosa que instalarse en el resentimiento hacia una persona que ya no está en nuestras vidas y a pesar de ello no sabemos/podemos dejarla atrás.

Morir en vida significa no arriesgarse a seguir amando a pesar de saber que podemos salir lastimados.

Morir en vida significa dar vueltas y vueltas a nuestras historias encontrando en ellas los pretextos para nuestra indolencia, para nuestra incapacidad para tejer nuevas historias.

Morir en vida significa instalarse en la depresión: ya no desear, no tener planes y objetivos, no ser capaces de perdonar y de perdonarnos. Especialmente morimos en vida cuando dejamos de ser compasivos con nosotros mismos y con los otros.

Morir en vida significa dejar de amar a nuestros vivos y también a nuestros muertos, a quienes el mejor homenaje que podemos hacerles es estar vivos. No muertos en vida.

Heredar traumas

Los seres humanos recibimos muchas herencias de nuestros padres, que van más allá de lo económico. Algunos reciben dinero, propiedades, vajillas, joyas, títulos nobiliarios, libros, muebles, pinturas, relojes: podría citar tantos objetos cómo hay en el mundo.

Otros no reciben nada tangible: objetos o propiedades o dinero.

Lo que todos recibimos demás, desde luego, de nuestra herencia genética (color de ojos, debilidad de un órgano, fortaleza de otro, tendencia a diabetes o al alcoholismo) es nuestra herencia psíquica. Heredamos preferencias por cierto arte, aptitudes para hablar en público o tocar el piano, disposición para deprimirse o para reír. Además, heredamos los traumas que nuestros padres no elaboraron.

Cuando vivimos un trauma, es decir, un impacto que altera nuestro equilibrio, necesitamos elaborarlo: hablarlo, entenderlo, acomodarlo, llorarlo. Sí no lo lloran nuestros ojos lo llorará nuestro cuerpo y sí no logramos superarlo del todo (por falta de ganas, de valor, de información  o de tiempo) entonces se los dejamos, en herencia, a nuestros hijos.

Y nuestros hijos se verán en la disyuntiva: ¿vivo mi vida o elaboro el trauma de mi madre o de mi padre?. Todo esto de modo inconsciente, desde luego. Por eso es tan necesario elaborar nuestros traumas: no sólo tendremos una vida con mayor calidad al superar el miedo, el enojo, el resentimiento o el dolor, sino que dejamos en libertad a nuestros hijos, para que construyan su propia vida.