Les tengo miedo a mis hijos

Recibo un sinnúmero de correos en los que el motivo central de consulta es el temor a los hijos, especialmente si estos son ya adultos. Tenemos miedo de que nos contesten mal, que sean groseros, que se vayan de la casa y de que nos dejen de querer. Desde ese lugar, nuestras respuestas a sus comportamientos indebidos e irrespetuosos son débiles, frágiles, sin fuerza.

Estas respuestas hacen que nos falten aun más al respeto. Si tu temor es que te dejen de querer te aseguro que mientras menos te respeten menos te quieren.

Nuestra responsabilidad para con los hijos es educarlos y ayudarlos en el camino de ser independientes: que logren mantenerse a sí mismos y ser autónomos. Toda sobreprotección es agresiva porque se limita la capacidad del que la recibe para desarrollar sus potencialidades.

Los límites deben ser expresados en voz alta, deben ser muy concretos y puntuales y se deben de cumplir. Si amenazas con hacer algo que no estás dispuesta a cumplir simplemente el hijo te toma la medida y desarrolla una sordera ante tus palabras. Si gritas estás autorizando ese modo de comunicación.

Atrévete a exigir respeto, y comienza por darlo.

Cambiar a los demás

Una de las fuentes de sufrimiento más estériles y destructivas que conozco es la de desear e intentar que el otro cambie.

Invertimos demasiado tiempo en lamentarnos porque esa persona no es como nosotros queremos que sea. No hace lo que nosotros pensamos que sería mejor o lo que nos gustaría que hiciera. No deja de hacer eso que tanto nos incomoda o nos molesta.

Utilizamos estrategias diversas: enojos, manipulaciones, chantajes, martirizarnos, reaccionar agresivamente. Sugerirle que vaya a terapia o que tome un curso o que lea determinado libro. Y el otro…sigue siendo como es.

No podemos cambiar a los otros. Apenas podemos aspirar a cambiarnos a nosotros mismos y eso sólo un poco y ese poco suele impactar mucho.

Aceptar al otro como es, con todo eso que nos gusta y todo eso que no nos gusta. Conocerlo, escucharlo, comprender sus motivaciones, su historia, la etapa de vida en la que se encuentra, sus miedos, eso si que es una buena empresa. Dejar ir la idea de que los demás tienen que ser y hacer lo que yo espero. Cada persona tiene mucho que enseñarnos. Si logramos respetar al otro y dejar de intentar cambiarlo, tendremos la oportunidad de aprender a amar.

Respeto para los mayores

Es muy lamentable para mi observar como algunos jóvenes no sienten el menor respeto por sus mayores. Yo lo aprendí de niña y me parece una de las herencias mejores que tengo. Una persona de mayor edad que la nuestra merece nuestro respeto sólo por eso, por que ha permanecido más tiempo que nosotros en este mundo.

Sé que habrá quiénes no estén de acuerdo. El respeto debe ser para todos: niños, adolescentes, jóvenes, maduros y ancianos. Es cierto.

En otros tiempos, cuando una persona estaba frente a un anciano le hablaba de usted, lo ayudaba a cruzar la calle, le cedía el asiento en el autobús. Esto es: sentía en automático un respeto especial por esa persona que ha perdido facultades y que no camina tan rápido o no sabe como enviar un correo electrónico.

Vivimos en el mundo de la prisa, de la eficacia tecnológica, de la rapidez. Y lo lento nos asusta porque nos confronta con nuestra existencia.Pero vamos a llegar a ese momento en el que las piernas no nos respondan y la vista se canse. Eso si llegamos. Y se nos olvidarán cosas, y dependeremos de quiénes nos echen la mano.  Y sentiremos profunda tristeza si nuestros hijos no quieren escucharnos o usan (groseramente) su teléfono durante los 20 minutos que nos visitan.

Tenemos mucho que aprender de nuestros viejos. Y mucho que agradecerles. Ser compasivos, dejar nuestra absurda soberbia de lado y ser amables con ellos hablará de nuestra grandeza.

Hasta lo más pequeño es importante

Solemos minimizar la importancia de las cosas pequeñas de la vida cotidiana. He aquí algunas situaciones que pueden parecer poco importantes y que, a mi parecer, resultan fundamentales:

  1. Dejar tu teléfono celular frente a ti en la mesa donde comes si estás acompañado: el mensaje es de falta de respeto y de educación al no estar al cien con la persona que tienes frente a ti.
  2. Interrumpir a tu interlocutor para responder mensajes o tomar una llamada. Especialmente si te está hablando de alguna situación dolorosa.
  3. Elegir sin pensar llevarte a la boca alimentos que no te convienen, por su contenido de grasa o de calorías sólo para calmar tu ansiedad.
  4. No responder correos, llamadas o mensajes de texto, mostrando indiferencia a quiénes te toman en cuenta.
  5. Criticar a las personas desprestigiándolas y lastimándolas.
  6. Ignorar la realidad de lo que está ocurriendo en tu entorno, con tu familia, con tus amistades, en tu trabajo.
  7. Tratar con desprecio a las personas que te sirven: choferes, meseros, guardias de seguridad, alimentando así el resentimiento social.
  8. Desperdiciar tu día quejándote o sufriendo por lo que no tienes en lugar de agradecer todo lo que si tienes.
  9. Hacer lo que haces con prisa, a las carreras, cometiendo errores y acumulando estrés, por no planear con oportunidad los tiempos de tu agenda.
  10. Gastar dinero o tiempo en actividades y cosas que realmente no necesitas, en lugar de aprovechar lo que tienes y hacer lo que te haga bien.