Personalidad y modo de relacionarse

Caspi y Bern describieron tres modos de relacionarse con los otros en base a nuestro tipo de personalidad. Revisa atentamente si te identificas con alguno y de ser así, intenta cambiarte al único que es saludable: el proactivo.

Un modo es el de las interacciones evocativas: tú provocas las respuestas de los demás. Por ejemplo si te “pones de tapete” provocas que te pisen. Si te presentas con mucha debilidad ante el otro, ese otro abusa de ti. El modo de comportarte con los demás les despierta cierto modo de tratarte. Esto se da especialmente cuando sientes que los demás abusan de ti con frecuencia.

Otro modo no saludable es el de las interacciones reactivas: estás a la defensiva. Todo lo que el otro hace provoca que tu te comportes agresivamente, a la defensiva. Interpretas ataques a tu persona en donde no los hay. Crees que el otro quiere siempre lastimarte o molestarte cuando no es así, o muchas veces no es así.

El modo saludable de interactuar es el modo proactivo: buscas relaciones e interacciones compatibles con tu modo de ser, no “inventas” que te quieren agredir ni tampoco propicias que abusen de ti. Estás abierto al otro y según lo que haces vas recibiendo respuestas favorables o simplemente comunicas lo que no te gusta de modo asertivo.

Es muy importante darnos cuenta que según interactuamos con los otros recibimos de ellos diferentes respuestas. Recuerda que no somos víctimas sino cómplices de quiénes nos tratan mal. Hay que movernos de lugar y eso sólo lo podremos hacer cuando seamos responsables de cómo actuamos con los demás.

¿Porqué leer?

Tengo la certeza de que nuestra salud mental puede ser mejor cuando leemos. Leer nos lleva a conocer lugares sin tener que salir de casa, los libros nos muestran las ideas y los sentimientos de otros. Cuando leemos, aprendemos y nos damos cuenta que no somos los únicos que sufrimos.Los personajes de las novelas se enfrentan a situaciones parecidas a las nuestras. Pensemos en el enfermo terminal Ivan Illich y el dolor de la incomprensión que sufre en su proceso leyendo a Tolstoi. Recordemos esa terrible disyuntiva que sufre Anna Karenina entre seguir con su matrimonio o decidir irse con su amante gozando a Dostoievski.

Las aventuras que pasa Rene en “La elegancia del erizo” de Barbery para, como portera de un edificio en Paris, poder leer sin ser molestada. Las vicisitudes que tiene que sufrir Medea en “Huérfanos sin abrigo” de Bárber para, quedando huérfana y siendo ciega de nacimiento construirse un futuro. El anhelo de eternidad de Dorian Grey en la novela del mismo nombre de Wilde. El amor infinito de Juventino en “El amor en los tiempos del cólera” de García Márquez. Las reflexiones de Eduardo Galeano en “Espejos”.

No caben aquí los cientos de personajes cuyas vidas me han enseñado, alimentado, entusiasmado, consolado. Tampoco caben las razones que tengo para proponer a mis lectores que lean más. Que dejemos el televisor apagado, que les leamos en voz alta a nuestros hijos si son pequeños, y a nuestros viejos si les falla la vista.

Un libro es siempre un gran amigo: va contigo a donde quieras, es incondicional para ti. Enriquece tu vida, amplía tu mundo, ensancha tus horizontes y tu lenguaje. Incrementa tu inteligencia y tu conversación. Te acompaña siempre.

Sean estas palabras un homenaje a todos los autores a quiénes les estoy tan agradecida por lo que han hecho por mi.

 

La negación y sus consecuencias

Aceptar la realidad en toda su dimensión cuesta trabajo. Muchos de nosotros preferimos negarla, al menos parcialmente. Una modalidad de la negación consiste en reconocer que algo sucede y actuar cómo si no fuese cierto. He observado personas que admiten tener un problema con su peso, por ejemplo, mientras saborean unas galletas con abundantes calorías. He escuchado discursos de personas que se jactan de tener mucho dinero y habilidad para generarlo cuando están llenos de deudas y no cumplen con sus compromisos más elementales. Me he descubierto a mi misma, justificando y racionalizando antes que admitir la verdad.

La verdad puede resultar muy dolorosa. Yo lo comparo a levantarse un día cualquiera y descubrir una humedad en la pared: tengo dos alternativas, una es pedir ayuda, buscar al experto que revise y en su caso arregle la situación aunque me cueste dinero, tiempo y energía y la otra alternativa es colocar un cuadro, un póster o una cortina que tape a la grieta. No es necesario tener mucho sentido común para entender que en la segunda opción, la humedad crecerá, corroerá al muro y éste eventualmente se caerá. Puede ser que tarde años, puede ser, incluso, que me muera y herede a mis hijos esa casa y a ellos se les caiga encima el muro que yo no tuve la valentía de encarar y arreglar.

La realidad y la percepción son los grandes enemigos de la negación.

No salimos ilesos por negar nuestra realidad. Al contrario: la agravamos.

Comienza por revisar cada área de tu vida con el mayor sentido de realidad que puedas. Teniendo a la verdad frente a tí, tienes al go con qué trabajar para subir un escalón en conciencia y enfrentar con valentía, lo que sea necesario.