El valor de la verdad

Hablar con la verdad suele ser difícil. Preferimos matizar, adornar, decorar, minimizar o maximizar aspectos de nuestra realidad con tal de no sentir el dolor que supone reconocer las cosas como son.
Es curioso que nos creemos eso de “si no hablo de esto, va a desaparecer”. O por lo menos hacemos hasta lo imposible por creerlo.
Pero eso no ocurre jamás. Lo que se esconde crece, se alimenta de la misma energía con lo que lo estoy ocultando y se va haciendo cada vez más grande, más difícil de enfrentar, más complicado de tocar.
Y mucho más costoso solucionarlo.
Es poner encima de la humedad de una pared un cuadro, y luego uno más grande ante la grieta que va creciendo, al cabo del tiempo una cortina y cuando ya no alcanza para tapar aquello, hasta un telón de teatro. La pared se va a caer. Y me va a salir carísimo arreglarla.
Si en su lugar, en el momento en el que detecto la humedad voy a buscar ayuda, raspo la humedad, uso el impermeabilizan adecuado, sale mucho más barato, tengo menos desgaste de recursos y además adquiero lo más importante de todo: paz mental.
La mentira enferma, separa, destruye, aniquila a las relaciones, deteriora la personalidad, lastima y hiere. La mentira no sirve para nada.

El precio de la mentira

Vivir es difícil. Lo es mucho más cuando se vive desde la mentira. Cuando se han experimentado situaciones que nos resultan vergonzosas, como puede ser el suicidio de un ser querido o el abandono de una madre, por citar dos ejemplos que son tan humanos como dolorosos, solemos intentar disfrazar la realidad o minimizarla, alterando la historia. Creemos que si no hablamos de ella o si la alteramos minimizándola, entonces ya no hará más daño.

Lamentablemente, esto nunca ocurre así. Cuando mentimos a nuestros hijos, ellos lo saben. En algún nivel de su conciencia detectan que estamos mintiendo y se empeñaran en conocer la verdad. Algún dia la sabrán. Y si les hemos mentido, su confianza en nosotros como padres se verá severamente dañada. Este es uno de los muchos efectos secundarios de la mentira.

Otro efecto es que desde la mentira no es posible crecer. La verdad es el alimento principal del aparato psíquico. La mentira enferma y daña. Es un veneno especialmente tóxico. Lo que nos ha ocurrido a lo largo de nuestra vida puede y debe ser aprovechado para crecer, para ser mejores personas, para expandir nuestros horizontes y alcanzar el desarrollo de nuestra personalidad. Si lo disfrazamos, ocultamos o minimizamos, estamos desperdiciando el inmenso potencial que el sufrimiento ofrece. Estaremos además, aumentando el dolor.

Lo que nos duele, debemos hablarlo. Lo que nos lastima, tenemos que expresarlo y acomodarlo en el lugar que corresponda. Cuando las experiencias se hablan, se viven en su justa dimensión. Se deposita la energía en las palabras y se libera para seguir adelante.

Mantener una mentira tiene un precio muy alto: perder la experiencia de crecimiento por un lado y generar inmensa desconfianza en quiénes nos rodean, por el otro. Nada fractura más una relación que el hecho de perder la confianza en el otro.

Seamos valientes y vivamos apegados a la verdad. Las recompensas son enormes.

Lo indecible y lo traumático

En todas las familias se viven experiencias que por su naturaleza se convierten en indecibles. Esto significa que no le damos un nombre a la vivencia. Y al no darle un nombre no hablamos de ella, convirtiéndola en secreto. Por ejemplo, si se vive una experiencia de violencia y somos un pequeño niño que vemos los golpes de un padre a una madre, nos callamos. No se lo contamos a nadie. ¿Cómo vas a compartir con tus compañeros de escuela que tu padre golpeó a tu madre? A esto se le añade que tu mamá no te explica, no habla del tema. Además, al día siguiente ves que le está preparando un desayuno cómo si nada hubiera pasado. Esto es una experiencia indecible.

Un trauma es aquello que el aparato psíquico no puede elaborar, digerir, tramitar.  Para poder trabajar en una experiencia lo primero que se necesita es nombrarla. Decir las palabras que la describan. Sin palabras no hay posibilidad de elaboración. Y todo lo que no es apalabrado, es actuado. Es decir: o lo hablas y lo describes ante un testigo de calidad, o lo vas a actuar con tus conductas, o tu cuerpo lo va a representar. Lo que no va a ocurrir es que se quede así, guardado.

Los secretos son lo más tóxico en las relaciones. Cuando te dicen que “nunca te van a decir que pasó con alguien o con algo” de tu familia, te están quitando el derecho a pensarlo, a elaborarlo, a trabajarlo y a libertarte entonces del trauma.

Para liberarnos del dolor emocional, debemos nombrar primero. No vivas con secretos, pocas cosas enferman más y separan más de los otros. Pocas cosas lastiman más.