Hijos que no crecen

Es frecuente observar que en ciertas familias hay algún hijo que ya pasa de los 40 años y sigue viviendo en casa de sus padres y depende emocional y económicamente de ellos.

Los motivos pueden ser muchos: alguna dificultad orgánica, alguna lesión que impide la autonomía, una incapacidad para adquirir un trabajo que permita la autonomía. Cuando la situación no está relacionada con la enfermedad es cuando resulta prioritario cuestionarse:

¿El hijo no se va porque depende de uno de los padres y hace una función de pareja, en cierto sentido, de su padre o de su madre?

¿El hijo no se va porque es el medio de comunicación entre los padres y entonces intuye que de irse la unión de los padres terminará por disolverse?

¿El hijo no se va porque teme que al amar a otra persona que no pertenece a la familia está traicionando a alguno de sus padres?

¿El hijo, simplemente, está cómodo y prefiere no esforzarse?

El logro más importante de una crianza se llama autonomía. Ser autónomo significa ser capaces de generar el dinero suficiente para mantenernos a nosotros mismos, lo que implica tener la capacidad de llevar a cabo un trabajo que nos brinde la posibilidad de vivir con dignidad.

Muchos de nosotros sobreprotegemos a los hijos, para que no se vayan. Para no enfrentarnos con nuestra pareja o con nuestra soledad. Y al hacerlo, los estamos despojando de la oportunidad de saber quiénes son, de establecer vínculos de amor, de tener una familia propia, un trabajo que nos permita expresarnos en el mundo: una vida propia. Todos tenemos derecho a ella.

 

Soledad

Cuando estás en  soledad, te estás dando la oportunidad de conocerte, de escucharte, de tomar decisiones, de pensar en quién quieres ser. De sentir tu vida.

No hay otro camino para lograr entender quién eres. Y cuando sabes quién eres, puedes saber que quieres y actuar en consecuencia.

A veces nos toca estar solos un rato y a veces más tiempo. Recién después de un divorcio, de una separación. Cuando se van los hijos, cuando aún no ha llegado el hombre o la mujer que será nuestra pareja por un tiempo. Ese tiempo de soledad debe aprovecharse al máximo para que cuando se termine, sea para algo bueno y hayamos aprendido a respetar ese espacio de soledad indispensable para vivir bien.

Estar sola no significa nada malo aunque la cultura así lo considere. A veces se ve como un defecto, como que tienes algo raro y por eso no tienes pareja o más amigas, como que nadie quiere estar contigo. Si te dejas guiar por estos prejuicios absurdos e infundados vas a elegir muy mal con quién estar porque lo harás basada en el miedo y no en lo que de verdad quieres.

Estar en compañía puede ser muy lindo y también suele ser muy complicado. Yo creo que para saber estar en compañía primero se tiene que saber estar solo. Y creo que los prejuicios que se tienen para la soledad no son otra cosa que hipocresía, ignorancia, envidia y miedo. Como pasa con todos los prejuicios.

Separación y autoestima

Ante la ruptura de una relación de pareja surgen diversas emociones dolorosas: nos sentimos desesperados, inadecuados, perdidos, solitarios, devaluados. Nos preocupa lo que nuestra familia y nuestros amigos pensarán de nosotros. Tememos dejar ir nuestras costumbres cotidianas. Nos preocupan nuestros hijos. Nos angustia nuestro futuro emocional y financiero. Lo peor de todo: nos sentimos mal con nosotros mismos: ¿que hice mal para que él ya no me quiera? ¿en qué me equivoqué?

Ante la separación estamos perdiendo contexto, historia y el sentido de identidad.

Es una etapa muy dolorosa. Y tendemos a culparnos a nosotros mismos perdiendo la perspectiva: hay muchas otras razones además de nuestras fallas. La tendencia natural es a sentir el final de una relación como una falla personal. Y esto nos lleva a una devastadora crisis de autoestima.

Las relaciones se terminan por muchos motivos más allá de nuestros errores. Se terminan porque las relaciones tienen ciclos. Se terminan porque uno de los dos cambió sus prioridades. Se terminan porque ya no están siendo enriquecedoras para los dos. Se terminan porque iniciaron mal. Hay muchos motivos. Terminar una relación es una gran oportunidad para crecer, para aprender, para conocernos mejor. Implica gran sufrimiento, sin duda, pero no olvidemos que el sufrimiento nos brinda humildad, empatía, espacio para pensar. El sufrimiento nos fortalece. Y si ya no nos enriquecía la relación ¿para qué prolongar la agonía?.

Lo fundamental es no quedarnos sólo en el territorio de la culpa. Hay que pasar al del aprendizaje, al de decirnos la verdad. Sólo la verdad respecto de lo que pasó logrará liberarnos del dolor. Separarse es iniciar una nueva etapa. El camino no es fácil pero depende de ti que tan interesante y productivo lo hagas.