Hijos sobre protegidos

Sobre proteger a los hijos resulta siempre mal: el mensaje que les damos al hacerlo es que ellos no pueden, que son tontos, que son incapaces.
Los padres tenemos motivos inconscientes para sobre protegerlos, algunos de ellos son:

  • Compensar las culpas que me ha provocado el haber trabajado mucho y por tanto no haberle dado tiempo de convivencia.
  • Compensar la culpa que me provoca el haberme divorciado.
  • Compensar la culpa que me provoca el encontrarle pocas cualidades o demasiados defectos.
  • Compensar mis carencias de infancia y/o juventud.
  • Sentirme omnipotente: desde ahí eso tan absurdo de decir “a mi hijo no le va a faltar nada”, olvidando que precisamente crecemos a raíz de la frustración.
  • Compensar mi preferencia por alguno de sus hermanos.
  • Compensar la falta del otro progenitor, pobrecito, no conoce a su padre o a su madre.

Lamentablemente, el compensar permitiéndole hacer lo que quiera, no ponerle límites, no exigirle nada, permitir groserías, faltas de respeto y abusos emocionales no le sirve para nada. Muy por el contrario lo perjudica porque va perdiendo el sentido de realidad, porque los de afuera no van a tolerar sus comportamientos inadecuados. Porque se va a sentir un fracasado.

Sólo crecemos y tenemos posibilidad de ser plenos cuando nos esforzamos por conseguir las cosas y sentimos la satisfacción inmensa de cumplir con nuestras tareas. Eso no se puede lograr en la sobreprotección.

A nuestros hijos les debemos educarlos, frustrarlos para que tengan hambre: hambre de superarse, de ser mejores personas, de aprender a trabajar, de autonomía.

 

Es importante reflexionar sobre nuestros motivos para sobre protegerlos y corregir estas conductas que hacen tanto daño.

La sobre protección y sus consecuencias

Todos nosotros conocemos personas sobre protegidas: esas personas que sienten que tienen derechos para lastimar a los otros, para abusar, para ser groseras, que no son capaces de sentir empatía por los demás.

Este tipo de personas que viven confiadas en que el otro va a aguantar lo que sea: cualquier tipo de maltrato.  En ocasiones ha sido una madre la que en su temor de dejar de ser querida o en su culpa por alguna circunstancia, le permite a ese hijo o hija traspasar todo límite y más allá: esa madre exige a los otros hijos que toleren los abusos del sobre protegido.

Las personas que han recibido ese trato permisivo se convierten en seres abusivos, indolentes, agresivos. Están enojados consigo mismos y con quién los ha sobre protegido porque de algún modo intuyen que algo no anda bien con ellos mismos.

El sufrimiento en el mundo se aumenta cuando no sabemos poner un alto a quién se cree con derecho de abusar de los otros. Poner un límite a las groserías de los demás cuesta mucho: ser exiliados de su cariño, sentir culpa, sentir miedo a perder su afecto, creer que no somos tan “buenos”. No poner el límite cuesta más caro.

En esta ocasión no concluyo el tema, da para mucho y dedicaré varios artículos al mismo. Espero tus comentarios.