Humildad para aprender

Las posibilidades para aprender están a nuestro alcance cada día. Las oportunidades son infinitas. Cada persona tiene algo que enseñarnos. Y especialmente cada situación que se nos presenta, especialmente si es dolorosa.

Es cierto, el sufrimiento es un gran maestro. El sentimiento de tristeza nos obliga a reflexionar. Cuando nos sentimos así, volvemos la mirada hacia nosotros y nos damos cuenta de lo que es verdaderamente importante.

El dolor es una especie de semáforo en rojo que nos advierte: deja de hacer  tal o cual cosa, cambia de rumbo, adquiere mejores hábitos, aprende a callar, etc. El dolor nos avisa sobre lo que no estamos haciendo bien.

Es mucho mejor dejarse vencer. Llorar, lamentarse en lo íntimo (los demás no tienen porqué cargar con nuestras penas), poner un alto y ser humildes para reconocer nuestros errores, aprender de ellos y mejorar.

De tal modo que logremos transformar al dolor en una oportunidad para crecer. Si lo negamos sólo lograremos aumentar el sufrimiento. Si lo reconocemos podemos hacer algo productivo de ese dolor.

Sentir compasión

En ocasiones, confundimos la compasión con la lástima. Ninguno de nosotros quiere que los demás nos tengan lástima. La compasión es muy diferente.  Es el mero reconocimiento de “esto que te está sucediendo es doloroso y puedo comprenderlo y deseo darte algo de consuelo”.

Somos capaces, los mejores de nosotros, de compadecernos de los otros. De la amiga que está enferma, del hijo que ha sido lastimado, del esposo que se ha quedado sin trabajo.

No somos capaces, ni los mejores de nosotros, a veces, de sentir compasión por nosotros mismos. Y debemos hacerlo. Cuando lo logramos reducimos la autocrítica, el estrés, sanamos viejas heridas, especialmente las de la infancia.

Las personas mejor nutridas emocionalmente son las más capaces de ser compasivas consigo mismas. Un día en el que las cosas no te van bien, un momento triste, un día en el que algo duele mucho: consiéntete. Date ternura, un apapacho, un regalito especial de ti para ti. Mientras más compasiva logres ser para contigo, mejor persona serás y tu calidad de vida se incrementará.

¿Mereces más de la vida?

Solemos creer que no merecemos el bienestar. Que tenemos que castigarnos, sufrir, padecer, luchar demasiado o compensar a los demás si es que nos va bien.
Solemos creer que si somos felices o afortunados estamos haciendo daño a los otros.
Solemos creer que nos va a querer más si estamos sufriendo.
Da pánico ganar.
Da mucho miedo sentirse muy bien: feliz,alegre, entusiasmados.

Tengo la impresión que esto obedece a alguno de estos tres motivos:
1. El terror que genera sentir la envidia del otro. Si le “gano” a mi amiga porque yo tengo novio y ella no, puede ser que se aparte de mi. O que me critique. O que me diga algo que me haga devaluar a mi novio. Es decir, que su envidia logre destrucción. ¿La solución? Boicotearme para no despertar su envidia.
2. El pánico que sentimos si tenemos más que nuestros hermanos o nuestros padres. ¿Cómo es posible si venimos del mismo pueblo, la misma educación, los mismos valores? Además se van a enojar, y yo los quiero tanto…y quiero que estén bien… y quiero que me quieran…¿cómo los voy a confrontar con mi bienestar?. ¿La solución? Boicotearme para no despertar su envidia.
3. La culpa que sentimos ante los que no tienen la misma “suerte” que yo. Como si mi bienestar fuera cuestión de suerte. Las cosas buenas que tenemos las hemos trabajado, nos han costado y estamos pagando el precio de tenerlas. Son producto del esfuerzo, del trabajo personal, de la disciplina y si, un poco de buena suerte también.

Se nos olvida que si estamos bien podemos dejar de recargarnos en los demás y además podemos generar muchas cosas buenas a nuestro al rededor. ¡Atrévete a estar bien! En una de esas… se te acercan para seguir tu ejemplo.

Siembra expectativas: cosecha frustraciones

Es casi inevitable formarse expectativas en nuestras relaciones. Esperamos que nuestros padres nos den todo lo que creemos necesitar de ellos. Y como seguramente no lo hicieron, guardamos rencor y encono contra de ellos. Después esperamos que nuestras amigas o amigos sean como nosotros deseamos. Y resulta que son como son. Más adelante, al formar una pareja, esperamos que sea una mezcla perfecta: que me quiera, que me acompañe, que me consienta, que me mantenga, que me cuide, que me aconseje, que me divierta y que no piense más que en mi. Luego, esperamos de nuestros hijos: que me cuiden, que me acompañen, que me admiren, que me mantengan…
¡Es terrible vivir así!
Mucho sufrimiento sería ahorrado si dejamos de esperar que los otros nos den lo que deseamos.
Muchas relaciones serían infinitamente mejores si no estuviéramos esperando que las personas dejen de ser lo que son y sean lo que nosotros creemos merecer.
A mayores expectativas mayores desilusiones.
Los demás son como son. Y nosotros debemos agradecer que quieran compartir con nosotros. Imponer nuestra necesidad nos impide respetarlos.
Los demás no están para resolver nuestras carencias. Ese es un trabajo individual del que debemos hacernos cargo para poder realmente amar.

Cuando duele el corazón

Es tan difícil encontrar motivos para seguir adelante cuando duele el corazón. Y es que, a veces, la vida nos enfrenta a circunstancias que van más allá de lo que podemos controlar. Situaciones que nos asustan, que nos sorprenden, que nos amenazan.

Y es exactamente en esos momentos en los que tenemos que recurrir a nuestros mejores recursos: acompañarnos de las personas que nos quieren, hablar de nuestras preocupaciones con seres compasivos, agradecer lo que sí tenemos y lo que está bien, buscar consuelo en los pequeños pero grandes instantes de paz.

Contemplar lo bello de la vida, recurrir a la ternura, al arte que tanto puede ayudarnos y confiar… Confiar siempre en que lo bueno que hemos sembrado nos llevará a una buena cosecha.

Cuando duele el corazón es cuando resulta primordial recordar que no estamos solos, que somos seres humanos con errores y con compasión. Y confiar en que el sufrimiento siempre nos ayuda a ser más humildes, más solidarios, mas compasivos: más humanos.

El precio de la mentira

Vivir es difícil. Lo es mucho más cuando se vive desde la mentira. Cuando se han experimentado situaciones que nos resultan vergonzosas, como puede ser el suicidio de un ser querido o el abandono de una madre, por citar dos ejemplos que son tan humanos como dolorosos, solemos intentar disfrazar la realidad o minimizarla, alterando la historia. Creemos que si no hablamos de ella o si la alteramos minimizándola, entonces ya no hará más daño.

Lamentablemente, esto nunca ocurre así. Cuando mentimos a nuestros hijos, ellos lo saben. En algún nivel de su conciencia detectan que estamos mintiendo y se empeñaran en conocer la verdad. Algún dia la sabrán. Y si les hemos mentido, su confianza en nosotros como padres se verá severamente dañada. Este es uno de los muchos efectos secundarios de la mentira.

Otro efecto es que desde la mentira no es posible crecer. La verdad es el alimento principal del aparato psíquico. La mentira enferma y daña. Es un veneno especialmente tóxico. Lo que nos ha ocurrido a lo largo de nuestra vida puede y debe ser aprovechado para crecer, para ser mejores personas, para expandir nuestros horizontes y alcanzar el desarrollo de nuestra personalidad. Si lo disfrazamos, ocultamos o minimizamos, estamos desperdiciando el inmenso potencial que el sufrimiento ofrece. Estaremos además, aumentando el dolor.

Lo que nos duele, debemos hablarlo. Lo que nos lastima, tenemos que expresarlo y acomodarlo en el lugar que corresponda. Cuando las experiencias se hablan, se viven en su justa dimensión. Se deposita la energía en las palabras y se libera para seguir adelante.

Mantener una mentira tiene un precio muy alto: perder la experiencia de crecimiento por un lado y generar inmensa desconfianza en quiénes nos rodean, por el otro. Nada fractura más una relación que el hecho de perder la confianza en el otro.

Seamos valientes y vivamos apegados a la verdad. Las recompensas son enormes.

Separación y autoestima

Ante la ruptura de una relación de pareja surgen diversas emociones dolorosas: nos sentimos desesperados, inadecuados, perdidos, solitarios, devaluados. Nos preocupa lo que nuestra familia y nuestros amigos pensarán de nosotros. Tememos dejar ir nuestras costumbres cotidianas. Nos preocupan nuestros hijos. Nos angustia nuestro futuro emocional y financiero. Lo peor de todo: nos sentimos mal con nosotros mismos: ¿que hice mal para que él ya no me quiera? ¿en qué me equivoqué?

Ante la separación estamos perdiendo contexto, historia y el sentido de identidad.

Es una etapa muy dolorosa. Y tendemos a culparnos a nosotros mismos perdiendo la perspectiva: hay muchas otras razones además de nuestras fallas. La tendencia natural es a sentir el final de una relación como una falla personal. Y esto nos lleva a una devastadora crisis de autoestima.

Las relaciones se terminan por muchos motivos más allá de nuestros errores. Se terminan porque las relaciones tienen ciclos. Se terminan porque uno de los dos cambió sus prioridades. Se terminan porque ya no están siendo enriquecedoras para los dos. Se terminan porque iniciaron mal. Hay muchos motivos. Terminar una relación es una gran oportunidad para crecer, para aprender, para conocernos mejor. Implica gran sufrimiento, sin duda, pero no olvidemos que el sufrimiento nos brinda humildad, empatía, espacio para pensar. El sufrimiento nos fortalece. Y si ya no nos enriquecía la relación ¿para qué prolongar la agonía?.

Lo fundamental es no quedarnos sólo en el territorio de la culpa. Hay que pasar al del aprendizaje, al de decirnos la verdad. Sólo la verdad respecto de lo que pasó logrará liberarnos del dolor. Separarse es iniciar una nueva etapa. El camino no es fácil pero depende de ti que tan interesante y productivo lo hagas.