Muchas de nosotras hemos sido tapetes de otros en algún momento de nuestras vidas. Lo escribo en femenino aunque se bien que también hay hombres que son pisoteados.
Nos ponemos en el suelo, pedimos perdón y hasta agradecemos que pasen por encima de nosotros. Porque estamos feas, porque nos creemos tontas, porque no nos han querido, por inexpertas, por hambrientas, por desorientadas, porque nos sentimos culpables de algo. Porque un hombre nos cambió por una más joven y bella. Porque un padre nos abandonó. Porque un jefe nos despidió. Porque un hijo no nos quiere. Puedo escribir tantas razones para comportarse como tapete como mujeres hay en el mundo.
Además, mientras más nos pisan más nos desgastamos y luego ya no somos tapetes, sino jergas de cantina.
Se nos olvida con frecuencia que nosotros les enseñamos a los demás como deben de tratarnos.
Si alguien te insulta y tu lloras, o pones cara de tristeza, o no reclamas: pues ya le diste una clase de cómo tratarte.
Sabes que? no dejes que nadie te pise. Nadie es nadie. El daño a tu autoestima, a tu salud mental, a tus emociones, a tu salud física es terrible.
Es mejor estar solo. O sola, o con una sola persona, pero que te quiera bien.
Ponte de pié, sacúdete el polvo, echa afuera todas las creencias que te impiden poner el alto a quiénes te pisan.
No se te olvide: quién tiene hambre, hace malas compras. Aliméntate, date la nutrición emocional que necesitas y saca de tu vida cualquier basura que se te pegue.