¿Con quién convives?

Anoche tuve la oportunidad de cenar en un pequeño restaurante en Tequisquiapan. Fue para mi muy impresionante observar a la familia de la mesa frente a mi. La mamá de dos hijos de unos 6 y 8 años no dejó de mirar la pantalla de su teléfono. La que asumo, era la abuela, tampoco. El niño de 6 años cenó solo. Nadie le hizo conversación, nadie le dió una mirada. A la niña tampoco, salvo cuando se levantó para rogarle a su madre que le prestara su teléfono y lo estuvo viendo un rato hasta que su mamá se lo arrebató.

Esa fue su convivencia de año viejo.

Ya no voy a entrar en detalles sobre el uso de los teléfonos en todas las mesas.

¿Quién o qué es más importante?:ver videos, memes, fotos de extraños o por lo menos de personas que NO están en mi mesa, a mi lado, o convivir con quienes me acompañan.

¿De qué me sirve? ¿A dónde me conduce?¿Qué aprenden los niños de hoy?

Procura no perder de vista que las personas somos más importantes que las pantallas.

El problema de «tener más»

Solemos pensar que a todos los hermanos nos tiene que ir igual. Crecimos en la misma casa, compartimos a los padres, comíamos lo mismo, asistíamos a la misma escuela… entonces, a todos nos tiene que ir igual de bien, o de mal, en la vida.

Pero… crecemos, salimos de la casa materna, estudiamos o no, elegimos pareja o no, tomamos decisiones buenas, o malas. Con el paso de los años, esas decisiones van desplegando consecuencias. Así, a unos la vida parece sonreírles más que a otros.

No es azar, no es casualidad, no es buena ni mala suerte. El lugar en el que estoy actualmente es sólo el resultado de mi esfuerzo, de mi trabajo, de mi voluntad, de mis elecciones.

El problema de «tener más» en dinero, en amor, en amistades, en vínculos, en trabajo, en satisfacciones es que sí nos va bien, sentimos culpa con aquellos a los que no. Y además, los que no les va bien, o «tienen menos» suelen sentir y expresar la más destructiva de las envidias.

Esto nos lleva al autosabotaje: para no sentir culpa y para que no me envidien, me autodestruyo. O dejo de crecer, o me provoco una enfermedad o un accidente. O pierdo mis bienes. O me lastimo de una u otra forma.

Hay que aprender a desarrollarse y crecer con todo y la culpa. Y a sortear las envidias. Si mi luz les molesta, que se pongan lentes oscuros.

La cabeza de mi padre

Alma Delia Murillo nació en 1979 en la Ciudad de México. Recientemente, Penguin Random House Grupo Editorial ha publicado su novela llamada «La cabeza de mi padre».

Es el relato del viaje que hace, junto con su madre y sus hermanos, para conocer a su padre.  ¿Cómo crece una mujer cuyo padre está vivo, pero se ha ido de casa y no contribuye ni con tiempo, ni con dinero, ni con afecto, a la crianza de sus hijos? ¿Cómo responde la sociedad cuando una tiene que explicarlo? 

Estas y otras preguntas profundas y especialmente sensibles se plantea la autora. Una novela que no podemos dejar de leer especialmente los hijos de padres que han abdicado en su función.

Aderezada con frases geniales como: «las abuelas son la literatura del mundo» o «hacerse adulto implica cometer una larga lista de asesinatos psicológicos: hay que dar muerte a parejas, amigos, creencias de origen». «Rara, anormal, perturbada, histérica. La cordura es elegir a un hombre, el que sea: la insensatez más incomprendida es elegirte a ti misma».

Alma Delia se sorprende y nos pregunta la razón que existe para decir ¿por qué tan solitas? cuando dos o más mujeres acuden a un bar, o caminan por la calle.

Mientras viaja, reflexiona sobre su infancia, su juventud, las vicisitudes de la pobreza, el hecho de ser mujer, hija, hermana, escritora. El encuentro con su padre es en realidad un reencuentro con ella misma. Un recorrido íntimo, sensible, inteligente.