Placeres culposos

¿Quién no tiene uno? La expresión se refiere a esos pequeños-grandes hábitos que nos generan placer y culpa al mismo tiempo. Y es también el nombre de una novela de reciente publicación: Placeres culposos, de Macri Ortíz.

La protagonista, María, es una mujer tradicional, casada, con hijos, trabajadora y siempre abnegada pero que un día decide darle rienda suelta a su imaginación y, entre otras cosas, so pretexto de hacer una investigación sobre los placeres, crea un falso perfil en Facebook iniciando así una gran aventura.

La novela es corta, profundamente conmovedora, sensible, profunda, inteligente, pero sobre todo, con un agudo sentido del humor, así como lo es su autora, a quién tengo el privilegio de conocer.

¿Donde conseguirla? En la página de Amazon México. Puedes comprarla en la versión pdf o encargarla en pasta dura. Lo que no puedes hacer es perdértela.

Di Vagando

Les comparto con mucho orgullo mi participación del día de hoy en el periódico El Heraldo, en la columna Di Vagando: Psicoanálisis para todos, en la que estaré participando continuamente al lado de colegas muy profesionales.

La columna saldrá todos los viernes.

Hay también un video en Youtube de un minuto de duración.

Da click en las siguientes ligas y/o compra la edición de hoy de El Heraldo. Espero tus comentarios:¿Para qué ir a psicoanálisis?

http://bit.ly/2MU5Joj

 

 

Sobreprotección y abuso

Dos caras de la misma moneda. Una persona está a la disposición de la otra, le resuelve sus necesidades aun antes de que las exprese. Le adivina el pensamiento. Teme el enojo, la indiferencia, el abandono o el resentimiento que pueda generarse si no le concede el capricho que desea.

La otra, pide indiscriminadamente: tiempo, tolerancia, dinero, favores, comida, cualesquier cosa que se le ocurre y en caso de no recibir lo que solicita de manera inmediata responderá con enojo, ira, berrinche, indiferencia, displicencia, amenazas de abandono o simplemente un silencio que puede resultar aterrador.

Más sobreproteges, mas abusan de ti.

Más toleras más abusan.

¿El resultado? Dolor, tristeza, depresión, enojo, carencias para el que sobre protege. Indiferencia, poca consideración, soberbia, poca empatía y si, además, enojo y desprecio para el sobre protector.

Lo correcto es lograr relaciones en las que no haya ni sobreprotección, ni abuso. No es fácil cuando ha sido el hábito desde mucho tiempo atrás. Pero siempre es un buen momento para dejarlo. Nadie respeta a quién no se respeta a si mismo.

Sobrevivir o Vivir

Hay una enorme diferencia entre sobrevivir o vivir. Cuando estamos atravesando por momentos especialmente dolorosos solemos sobrevivir. En medio del duelo y la tormenta apenas quedan fuerzas. Es heroico sobrevivir. Es indispensable hacerlo.

Cuando el impacto del dolor va disminuyendo, especialmente si lo elaboramos adecuadamente, cuando nos decidimos a enfrentar plenamente las consecuencias de nuestros actos y asumimos la responsabilidad de nuestras vidas, entonces vivimos.

Vivir en verdad es una cuestión de compromiso. Un compromiso absoluto con nosotros mismos: de decirnos la verdad, de separar lo que es nuestro y lo que es del otro, de responsabilizarnos por cada elección conociendo y reconociendo los efectos de lo que hacemos, de lo que dejamos de hacer, de lo que decimos y de lo que callamos. Es poner límites a los otros y no permitir de ninguna manera el maltrato. Es saber comunicar asertivamente lo que no nos parece. Es también ser amables con los demás, ser considerados hacia lo que el otro piensa, lo que siente, su propia historia y sus propias limitaciones. Es perdonarnos por nuestros errores con la franca intención de corregirlos.

Vivir en verdad requiere disciplina, trabajo personal. Y sobre todo, aprender a amar. Querernos y saber querer, que no significa decir “te quiero” sino actuar desde un lugar de profundo respeto a los seres vivos. A todos. A veces estamos en “modo supervivencia”, y con mucho trabajo, esfuerzo, honestidad y disciplina, a veces podemos vivir realmente y asombrarnos ante el privilegio de estar vivos.

¿Víctima de abuso emocional?

Con frecuencia escucho relatos de  mujeres que viven una situación de matrimonio en la que ellos son los dueños del dinero, -ya sea porque lo heredaron o porque lo generan con su trabajo- y ellas no son dueñas de nada. No tienen una cuenta en el banco, una tarjeta de crédito propia o una propiedad. La casa está a nombre del marido y ella se ha pasado la vida criando hijos, cuidando que haya comida, ropa limpia y creando un ambiente de hogar.

Ellas dejaron su carrera profesional de lado, o no la ejercieron nunca, no trabajaron fuera de casa y al paso de los años… los hijos ya se fueron o están por irse. El resentimiento contra ese hombre es peligroso. Y en ocasiones, además, ellos despliegan un comportamiento abusivo verbal o físicamente.

Ellas están desesperadas. Angustiadas ante la tremenda dependencia económica, asustadas ante un futuro en el que sólo encuentran desilusión y soledad.

Sé que esta situación en ocasiones es al revés: la mujer es la proveedora y el hombre es el que se ha quedado cuidando a los hijos. La escribo en femenino sólo porque es el caso más recurrente.

¿Qué hacer?. He aquí algunas sugerencias:

  1. Si eres prisionera debes fortalecerte mientras sigas ahí. Cuida tu salud, empieza a generar dinero de inmediato, enriquece tu acervo cultural, desarrolla tus potenciales, adquiere herramientas de trabajo y planea cuidadosamente tu futuro económico dentro de los límites que tienes.
  2. Reconoce que el acuerdo, bueno, regular o malo, lo aceptaste tú. Reconoce que has descuidado el área productiva en el sentido económico y que de eso, tu marido no es el responsable.
  3. Mientras sigas con él, procura entender tu relación e incluso mejorarla. Diferenciar entre las situaciones de las que él es responsable y de las que tú eres la responsable.
  4. Trabaja en tu persona. Acceder a un psicoanalista respetable puede ser la piedra de toque que te ayude a reconocer que el otro sólo abusa de quién se deja abusar. Un tratamiento serio puede ser fundamental para que te prepares para el futuro.

Nadie abusa de quien no se permite ser abusado.

¿Víctima de abuso emocional?

Con frecuencia escucho relatos de  mujeres que viven una situación de matrimonio en la que ellos son los dueños del dinero, -ya sea porque lo heredaron o porque lo generan con su trabajo- y ellas no son dueñas de nada. No tienen una cuenta en el banco, una tarjeta de crédito propia o una propiedad. La casa está a nombre del marido y ella se ha pasado la vida criando hijos, cuidando que haya comida, ropa limpia y creando un ambiente de hogar.

Ellas dejaron su carrera profesional de lado, o no la ejercieron nunca, no trabajaron fuera de casa y al paso de los años… los hijos ya se fueron o están por irse. El resentimiento contra ese hombre es peligroso. Y en ocasiones, además, ellos despliegan un comportamiento abusivo verbal o físicamente.

Ellas están desesperadas. Angustiadas ante la tremenda dependencia económica, asustadas ante un futuro en el que sólo encuentran desilusión y soledad.

Sé que esta situación en ocasiones es al revés: la mujer es la proveedora y el hombre es el que se ha quedado cuidando a los hijos. La escribo en femenino sólo porque es el caso más recurrente.

¿Qué hacer?. He aquí algunas sugerencias:

  1. Si eres prisionera debes fortalecerte mientras sigas ahí. Cuida tu salud, empieza a generar dinero de inmediato, enriquece tu acervo cultural, desarrolla tus potenciales, adquiere herramientas de trabajo y planea cuidadosamente tu futuro económico dentro de los límites que tienes.
  2. Reconoce que el acuerdo, bueno, regular o malo, lo aceptaste tú. Reconoce que has descuidado el área productiva en el sentido económico y que de eso, tu marido no es el responsable.
  3. Mientras sigas con él, procura entender tu relación e incluso mejorarla. Diferenciar entre las situaciones de las que él es responsable y de las que tú eres la responsable.
  4. Trabaja en tu persona. Acceder a un psicoanalista respetable puede ser la piedra de toque que te ayude a reconocer que el otro sólo abusa de quién se deja abusar. Un tratamiento serio puede ser fundamental para que te prepares para el futuro.

Nadie abusa de quien no se permite ser abusado.

¿Envidia de la buena?

Un modo más de defendernos del sentimiento de la envidia es decir: te tengo envidia, pero es de la buena. Nos encanta minimizar los sentimientos destructivos e incluso negarlos.

Todas las personas sentimos envidia, y más de una vez por día. Mucho más. No hay ni buena ni mala. Bueno o malo lo que haga con mi envidia.

La envidia es un sentimiento incómodo, desagradable, que nos hace sufrir y padecer mucho. Significa desear aquello que el otro tiene y de paso, desear que desaparezca o se destruya ese otro que se convierte en un espejo que me hace ver mi carencia o deficiencia.

Para defendernos de sentirla usamos diversas estrategias, la importante autora y psicoanalista Melanie Klein lo describe magistralmente en su texto Envidia y gratitud. Una de ellas es devaluar al otro que nos despierta la envidia, por ejemplo decimos: “si está muy guapa pero está toda operada”. Otra estrategia muy utilizada es la de despertar la envidia de los otros para así dejar de sentirla. Entonces cuando por ejemplo, en un grupo, alguien está siendo admirada respondemos señalando algo que nosotros sí tenemos que el otro no tiene.

Desde mi punto de vista, una señal de madurez es abrirse a reconocer lo bueno en los otros, aunque yo no lo tenga, ser capaz de admirar, de elogiar sinceramente y en todo caso, de aprender y disfrutar de eso que puede despertar mi envidia. La gratitud por lo que si tenemos puede ayudarnos mucho.