Depende de ti

He tenido la fortuna de leer el libro llamado “Depende de ti” de Maru Medina. Si bien lo considero una obra esencial para cualquiera que tenga una empresa, pequeña, mediana o grande, y para cualquiera que esté pensando en iniciar un negocio, me parece que no hay ninguna posibilidad de que quién lo lea, aun si no es empresario, no se beneficie.
La generosa autora nos comparte anécdotas de su vida que son verdaderamente enriquecedoras. Los ejemplos son espléndidos y las metáforas lo son más. En mi caso, la que usa explicando como si cada uno de nosotros fuésemos un país, tendríamos que pensar muy bien a quién le otorgamos visa para entrar. Me convenció de ser más exigente con los valores que aprecio y como no permitir la entrada a mi mundo de, por ejemplo, chantajistas, manipuladoras o hipócritas.
No hay modo de no entender que si un empleado no funciona, es nuestra responsabilidad entrenarlo o simplemente dejar que se vaya y no contamine nuestro entorno.
Eleva de modo admirable el entusiasmo por capacitarnos y capacitar a quiénes nos acompañan en nuestra vida profesional.
Me sentí muy orgullosa de esta mujer mexicana, que ha logrado tanto con su marca “Kukis by Maru” y con su Escuela de Iniciadores.
Si eres empleado, profesionista independiente, empresario, si administras tu hogar , tu escuela y por supuesto tu vida, no debes dejar de leerlo. Créeme: hay mucho que aprender de ella.

Vergüenza y reparación

¿Te has sentido avergonzado alguna vez? ¿Te has quedado sin dormir pensando en aquello que hiciste, que sabes bien que no estuvo bien, y queriendo regresar el tiempo y borrar tu acción?
Creo que casi todos los seres humanos hemos pasado por al menos una situación de que nos despierta vergüenza, culpa, arrepentimiento.
¡Que bueno es poder admitirlo!
Esto nos evidencia que tenemos una conciencia moral. Nos deja saber que tenemos un deseo de ser mejores personas, que somos capaces de ser humildes y que podemos corregirnos y reparar.
Somos humanos cuando apelamos a lo mejor de nosotros. Somos más humanos cuando ejercitamos nuestra capacidad para pensar.
Cometer errores es fácil. Es inevitable. Saber reconocerlo y actuar en consecuencia es mucho más difícil.
De no tener el aviso que la punzada de la vergüenza nos hace sentir, podríamos cometer errores mucho mayores, con su respectivo precio.
Hablar de lo que hicimos mal y hacernos la promesa íntima y comprometida de reparar y de no volver a cometer ese tipo de imprudencias nos hará crecer: en humildad, en valentía y lo más importante: en dignidad.

Experimentando la abundancia

Cuando sabes que posees todo lo que necesitas para hacer algo valioso con tu tiempo y logras experimentar alegría estás viviendo en la abundancia.
Si tu atención está orientada a todo lo que si tienes y logras agradecerlo estás viviendo en la abundancia.
Cuando logras dejar de preocuparte por aquellas situaciones que están fuera de tu control y te ocupas de lo que si puedes cambiar, estás experimentando la abundancia.
Las cosas existen cuando les ponemos atención.
Algunas creencias que nos limitan para experimentar la abundancia son:
1. Si tu me amaras, yo no tendría que pedirte lo que necesito. Esto es una reverenda tontería. El otro puede amarte pero eso no le da la capacidad de leer tu mente y adivinar tus necesidades.
2. Mi éxito va a despojar a alguien. Otra tontería. Tu éxito contagiará a otros que están en tu camino. Tu éxito alegrará a quiénes te quieran. Tu éxito puede ser una gran fuente de inspiración para otros.
3. Si recibo lo que quiero algo malo me puede ocurrir. Esta es una superstición sin ningún fundamento y sólo nos limita. Hay situaciones muy afortunadas y otras no. Lo más inteligente es fijar la atención en todo lo que si tengo, todo lo que si puedo y aceptar con valentía y hasta heroísmo, si es necesario, aquello que no puedo cambiar. Eso es experimentar la abundancia.

Elige el bienestar

Cada día tenemos la oportunidad de hacer un sin fin de elecciones. Lo que vamos a comer, a beber, el tipo de pensamientos con los que iniciamos el día, el tema de conversación cuando nos encontramos con alguien, la lectura que haremos, la música que escucharemos, la palabras que diremos y el modo en el que nos vinculamos con los demás.
Las respuestas que damos a las situaciones que la vida nos ofrece, la actitud con la que emprendemos cada tarea, el modo como nos presentamos ante los demás y nuestros modos para interactuar con los otros.
Cada elección forma parte del tejido de nuestra vida. Y todas son importantes en primer lugar porque son la manifestación de nuestra esencia y además porque reflejan mi modo de estar en el mundo y mi libertad.
Al cabo del tiempo, se acumulan las consecuencias de cada uno de mis hábitos y puede ser una tragedia no haber hecho inteligentes elecciones.
Es importante detenerse a pensar en como prefiero vivir. Cultivar la virtud de la prudencia. Conservar un orden interno que promueva la paz, la tranquilidad, el crecimiento y el logro de las metas que nos hemos fijado.
El bienestar no solo es deseable: también es posible y es el resultado de esas múltiples elecciones que, siendo consciente o no, hago cada día.

El costo de tus acciones

Cada uno de los actos que llevamos a cabo tiene un costo. Dicho de otro modo pagaremos una cuota por ellos. El cobro puede ser de contado, inmediato o a plazos y hasta muchos años después.
Un sencillo ejemplo: me encuentro a un conocido en un lugar público y decido no acercarme a saludarlo, por flojera, desidia o mera indiferencia. Al cabo de un tiempo alguien le pide una recomendación sobre mi persona. Puede ser que decida referirse a mi con desgano o incluso desagrado. Ese fue el costo que tuvo mi acción.
Otro ejemplo es la elección que hago cuando decido fumar: el costo puede ser a largo plazo, cuando al cabo de los años sea diagnosticado con un enfisema pulmonar.
Ninguna acción es inocua. Ninguna palabra expresada puede borrarse. Todo lo que hacemos va dejando una impresión, una huella, un efecto en los demás.
Por eso, es recomendable pensar antes de actuar. Estar muy atentos a nuestros comportamientos y ser meticulosos al momento de elegir.
Todos somos víctimas de nuestra personalidad: debemos trabajar en pulirla, embellecerla, mejorarla. Un psicoanálisis puede ser una excelente idea para lograr este objetivo, siempre que sea con un profesional.

El valor de la verdad

Hablar con la verdad suele ser difícil. Preferimos matizar, adornar, decorar, minimizar o maximizar aspectos de nuestra realidad con tal de no sentir el dolor que supone reconocer las cosas como son.
Es curioso que nos creemos eso de “si no hablo de esto, va a desaparecer”. O por lo menos hacemos hasta lo imposible por creerlo.
Pero eso no ocurre jamás. Lo que se esconde crece, se alimenta de la misma energía con lo que lo estoy ocultando y se va haciendo cada vez más grande, más difícil de enfrentar, más complicado de tocar.
Y mucho más costoso solucionarlo.
Es poner encima de la humedad de una pared un cuadro, y luego uno más grande ante la grieta que va creciendo, al cabo del tiempo una cortina y cuando ya no alcanza para tapar aquello, hasta un telón de teatro. La pared se va a caer. Y me va a salir carísimo arreglarla.
Si en su lugar, en el momento en el que detecto la humedad voy a buscar ayuda, raspo la humedad, uso el impermeabilizan adecuado, sale mucho más barato, tengo menos desgaste de recursos y además adquiero lo más importante de todo: paz mental.
La mentira enferma, separa, destruye, aniquila a las relaciones, deteriora la personalidad, lastima y hiere. La mentira no sirve para nada.

Envidias entre hermanos

Todos envidiamos muchas cosas, muchas veces el día. Algunos somos conscientes de ese sentimiento que corroe, que puede incluso enfermar. Cuando nos damos cuenta de ello, podemos hacer algo positivo, cuando no nos damos cuenta, convertimos a nuestra envidia en destrucción.

Probablemente las personas que mayor envidia suelen despertarnos son nuestros hermanos o hermanas. La rivalidad por el amor de los padres comienza desde el nacimiento.

Hay padres y madres que fertilizan esa envidia al mostrar inclinación por alguno de sus hijos. Pero aun si los padres son humanamente justos entre sus hijos, no faltará una que otra Griselda o Anastasia envidiando la belleza y la fortuna de Cenicienta.

Ser amada, ser bonita, tener éxito social o familiar puede despertar la ira de una hermana. Tener un buen trabajo, buenos hijos o un buen matrimonio puede enfurecer al más tranquilo de los hermanos.

El problema estriba en sentir culpa o en sabotearnos con tal de impedir la envidia, que, de todas maneras, existirá. Lo único que se puede hacer para neutralizar la agresión proveniente de la envidia que se despierta en un hermano o hermana es nada. No hay modo de evitarla. Hay que seguir buscando el bienestar, aunque a los demás les duela.