El valor de la verdad

Hablar con la verdad suele ser difícil. Preferimos matizar, adornar, decorar, minimizar o maximizar aspectos de nuestra realidad con tal de no sentir el dolor que supone reconocer las cosas como son.
Es curioso que nos creemos eso de “si no hablo de esto, va a desaparecer”. O por lo menos hacemos hasta lo imposible por creerlo.
Pero eso no ocurre jamás. Lo que se esconde crece, se alimenta de la misma energía con lo que lo estoy ocultando y se va haciendo cada vez más grande, más difícil de enfrentar, más complicado de tocar.
Y mucho más costoso solucionarlo.
Es poner encima de la humedad de una pared un cuadro, y luego uno más grande ante la grieta que va creciendo, al cabo del tiempo una cortina y cuando ya no alcanza para tapar aquello, hasta un telón de teatro. La pared se va a caer. Y me va a salir carísimo arreglarla.
Si en su lugar, en el momento en el que detecto la humedad voy a buscar ayuda, raspo la humedad, uso el impermeabilizan adecuado, sale mucho más barato, tengo menos desgaste de recursos y además adquiero lo más importante de todo: paz mental.
La mentira enferma, separa, destruye, aniquila a las relaciones, deteriora la personalidad, lastima y hiere. La mentira no sirve para nada.

Siembra expectativas: cosecha frustraciones

Es casi inevitable formarse expectativas en nuestras relaciones. Esperamos que nuestros padres nos den todo lo que creemos necesitar de ellos. Y como seguramente no lo hicieron, guardamos rencor y encono contra de ellos. Después esperamos que nuestras amigas o amigos sean como nosotros deseamos. Y resulta que son como son. Más adelante, al formar una pareja, esperamos que sea una mezcla perfecta: que me quiera, que me acompañe, que me consienta, que me mantenga, que me cuide, que me aconseje, que me divierta y que no piense más que en mi. Luego, esperamos de nuestros hijos: que me cuiden, que me acompañen, que me admiren, que me mantengan…
¡Es terrible vivir así!
Mucho sufrimiento sería ahorrado si dejamos de esperar que los otros nos den lo que deseamos.
Muchas relaciones serían infinitamente mejores si no estuviéramos esperando que las personas dejen de ser lo que son y sean lo que nosotros creemos merecer.
A mayores expectativas mayores desilusiones.
Los demás son como son. Y nosotros debemos agradecer que quieran compartir con nosotros. Imponer nuestra necesidad nos impide respetarlos.
Los demás no están para resolver nuestras carencias. Ese es un trabajo individual del que debemos hacernos cargo para poder realmente amar.

Cuando duele el corazón

Es tan difícil encontrar motivos para seguir adelante cuando duele el corazón. Y es que, a veces, la vida nos enfrenta a circunstancias que van más allá de lo que podemos controlar. Situaciones que nos asustan, que nos sorprenden, que nos amenazan.

Y es exactamente en esos momentos en los que tenemos que recurrir a nuestros mejores recursos: acompañarnos de las personas que nos quieren, hablar de nuestras preocupaciones con seres compasivos, agradecer lo que sí tenemos y lo que está bien, buscar consuelo en los pequeños pero grandes instantes de paz.

Contemplar lo bello de la vida, recurrir a la ternura, al arte que tanto puede ayudarnos y confiar… Confiar siempre en que lo bueno que hemos sembrado nos llevará a una buena cosecha.

Cuando duele el corazón es cuando resulta primordial recordar que no estamos solos, que somos seres humanos con errores y con compasión. Y confiar en que el sufrimiento siempre nos ayuda a ser más humildes, más solidarios, mas compasivos: más humanos.

Sembrar cada día

Cada nuevo día es una oportunidad para sembrar. A cada momento estamos construyendo nuestro futuro. A cada instante estamos haciendo elecciones que tendrán repercusión posterior y ningún acto es inocuo. Ninguna palabra es estéril.

Debemos ser meticulosos en nuestras decisiones: el poder más importante que tenemos es el del trato que damos a los demás. Cuando somos amables, honestos, íntegros, generosos con nuestro tiempo y nuestro cariño estamos creando protección existencial. Cada encuentro con otra persona es una valiosa oportunidad para vincularnos desde el respeto y el interés en descifrar el enigma, maravilloso, de su corazón.

Hagamos que nuestra vida sea deslumbrante: intensa, buena. Así los avatares de la vida serán menos dolorosos porque estaremos acompañados. La agresión genera violencia. La agresión paga muy mal: le haces daño al otro y a ti mismo. La paciencia y la comprensión generan gratitud.

Reflexionemos para entender que cada uno de nosotros estamos hoy viviendo las consecuencias de nuestras elecciones pasadas y tomemos a partir de ahora mejores decisiones que nos lleven siempre a vivir lo mejor posible: que podamos mirar atrás con la certeza de haber puesto en cada acción, lo mejor de nosotros mismos.

Caminos para crecer

Existen diversos caminos para el crecimiento personal. Algunos los elegimos conscientemente y por otros hemos transitado sin desearlo o sin entender como es que llegamos a esa ruta. En términos muy generales, enuncio tres de los caminos que he identificado:

Un camino muy recorrido es el del sufrimiento: actuamos sin pensar ni medir las consecuencias de nuestros actos, esto nos lleva al dolor y en caso de no aprender y asumir las consecuencias de nuestros actos, podemos seguirlo recorriendo, repitiendo así el patrón de sufrimiento.

Otro camino es el de los resultados, este camino implica una mayor conciencia y la capacidad de ser honesta conmigo misma. Es un darse cuenta en el momento. Algo no me funciona, o me sale mal, o me hace sufrir y entonces en el momento reconozco lo que no hice bien y corrijo. Este camino significa que cuando estoy ante un resultado que no deseo, asumo las causas y me pregunto: ¿que hay aquí que tengo que aprender?.

El tercer camino es el de la intención: asumo que hay una intención, un sentido en cada situación y experiencia que vivo. Descubro el sentido y actúo conforme a el. Además, reviso la intención con la que llevo a cabo cualquier tarea, cualquier actividad y especialmente cualquier palabra que sale de mi. Requiere de estar consciente, presente y de pensar en las consecuencias que tendrá cada uno de mis actos. Este es un mejor camino para transitar y puede ahorrarme muchos sufrimientos.

Envidia y destrucción

Todos sentimos envidia. No hay “de la buena” ni “de la mala”, se llama envidia  y ya. Y es un sentimiento de dolor y de enojo por no tener eso que el otro tiene: un coche, un hijo, una pareja, su belleza, su dinero, su talento. Y lo sentimos muchas veces al día.

Duele porque ese otro es un espejo de lo que yo no tengo. Y puede doler mucho.

Enoja porque da coraje enfrentarme con mi carencia. Ni modo.

¿Que hacemos con ese dolor y ese coraje? Siempre tenemos dos caminos:

1. Reconocer mi sentimiento de envidia. Admitir que quiero eso que el otro tiene y comenzar a trabajar en alcanzarlo. En una de esas hasta le pregunto a mi amiga: ¿que hiciste para lograr tener eso? y comienzo a dar los pasos para obtenerlo. En este camino hay muchas posibilidades de crecer y de dejar de sentir esa envidia.

2. Intentar destruir al objeto de mi envidia. Critico a mi amiga, devalúo la posesión del otro, se lo robo, la difamo, la agredo. En este camino no hay ninguna posibilidad de crecimiento, muy al contrario: me enveneno y le hago daño al otro, dejando destrucción en el camino.

Siempre que alguien te agrede, te lo aseguro, te tiene envidia.

Siempre que agredes al otro, te lo aseguro, le tienes envidia.

Sentir envidia es natural, actuar desde la agresión es muy peligroso. Indudablemente, tu decides.

Sufrimientos evitables y sufrimientos inevitables

Todos nosotros nos hemos visto en situaciones dolorosas. Unas de ellas fueron realmente buscadas por nosotros, casi siempre, por ignorancia.

Todo tiene un precio y muchas veces no estamos dispuestos a pagar el precio. Por ejemplo, quiero disfrutar del placer de fumar pero no estoy dispuesta a pagar el precio de padecer de enfisema. Entonces, cuando aparece la enfermedad, solemos quejarnos y atribuir a la mala suerte o al destino nuestro sufrimiento. Otro camino es culpar a los otros de nuestro sufrimiento. He escuchado testimonios de madres que dicen: “me tuve que quedar en ese matrimonio infeliz para no quitarte al padre” o “me tuve que casar por tu culpa, porque ya venías en camino” o “no pude estudiar porque me dediqué a criarte”. También hay mujeres que dicen al marido infiel: “te di los mejores años de mi vida y me pagas con esta moneda”. Todas estas expresiones denotan una incapacidad para asumir nuestra responsabilidad en nuestra historia.

Todo lo que estás viviendo en este momento, te lo buscaste. Aún si no lo asumes. La logoterapia trabaja especialmente con la responsabilidad. Si nos hacemos responsables de nuestras acciones podremos encontrar esa libertad interior que es tan necesaria para tener una buena calidad de vida.

Te invito a estudiar un Diplomado en Logoterapia. En esta ocasión, estaré el fin de semana del 29 de Marzo. Será en el Centro de Crecimiento Integral Mi Jardín, en la hermosa Ciudad de Mérida. Debes llamar a Miriam Herrera al (999) 947 69 93, o al 3 16 63 74 o escribir un correo a mijardinmerida@gmail.com