Padres sobre protectores

La sobreprotección es una forma de agresión: en el fondo es decirle a nuestro hijo que no confiamos en sus capacidades para resolver sus conflictos y lograr una verdadera autonomía. Recordemos que el logro de la parentalidad es que los hijos logren ser independientes y hacerse cargo de sus propias necesidades.

Es muy lindo sentir que somos indispensables, es muy gratificante saber que somos necesarios, útiles, importantes. Cuando surge la sensación de “nadie me necesita” podemos sentir tristeza, angustia, ansiedad, incluso depresión. Pero la verdad es que nadie somos indispensables e incluso que en ocasiones nos convertimos en un estorbo para el desarrollo de un hijo adulto.

Es necesario reflexionar mucho sobre los motivos que nos hacen sobre proteger a un hijo e impedir su crecimiento: ¿culpa, miedo al conflicto, temor a que no nos quiera?. El peligro grave es que ese hijo no desarrolle sus potenciales por estar demasiado cómodo, por no necesitar hacerlo.

¿Será que no queremos renunciar a ser tan importantes para alguien?

Siembra expectativas: cosecha frustraciones

Es casi inevitable formarse expectativas en nuestras relaciones. Esperamos que nuestros padres nos den todo lo que creemos necesitar de ellos. Y como seguramente no lo hicieron, guardamos rencor y encono contra de ellos. Después esperamos que nuestras amigas o amigos sean como nosotros deseamos. Y resulta que son como son. Más adelante, al formar una pareja, esperamos que sea una mezcla perfecta: que me quiera, que me acompañe, que me consienta, que me mantenga, que me cuide, que me aconseje, que me divierta y que no piense más que en mi. Luego, esperamos de nuestros hijos: que me cuiden, que me acompañen, que me admiren, que me mantengan…
¡Es terrible vivir así!
Mucho sufrimiento sería ahorrado si dejamos de esperar que los otros nos den lo que deseamos.
Muchas relaciones serían infinitamente mejores si no estuviéramos esperando que las personas dejen de ser lo que son y sean lo que nosotros creemos merecer.
A mayores expectativas mayores desilusiones.
Los demás son como son. Y nosotros debemos agradecer que quieran compartir con nosotros. Imponer nuestra necesidad nos impide respetarlos.
Los demás no están para resolver nuestras carencias. Ese es un trabajo individual del que debemos hacernos cargo para poder realmente amar.

¿Y tú: cómo te relacionas?

Existen innumerables teorías sobre el modo en el que nos relacionamos con los demás, y podemos pasarnos una vida estudiando los distintos modos de relación y discutiendo sobre las validez de las mismas. Lo que es un hecho, es que cada uno de nosotros hemos desarrollado ciertos patrones de conducta en nuestro modo de relacionarnos y parece ser que tienen mucho que ver con el modo en que se relacionaron nuestros padres con nosotros.

Desde la perspectiva de Bowlby y sus colaboradores, existen tres tipos de apegos o modos de relación: el apego seguro que se caracteriza porque el niño confía en sus padres y en los cuidados que le brindarán, cuando se ha vivido este modo de relación el adulto suele confiar en los otros, se acerca a los demás fácilmente y sin prejuicios y en general le es fácil confiar en los demás.

El apego angustiado ambivalente en el que el niño no está seguro de sí sus padres estarán o no, esto es, a veces su madre está disponible afectivamente pero a veces no. Suele ocurrir cuando hay alguna adicción en uno de los padres: si está alcoholizado se aleja, si está crudo se acerca. O la madre está deprimida y no puede acercarse a sus hijos pero luego se arrepiente y se acerca hasta demasiado. El efecto que producirá en el adulto es el el padecimiento de graves angustias de separación. La clásica codependencia.

El tercer estilo es el del apego angustiado evitador: al sentir el niño que no puede contar con el apoyo ni el afecto de sus padres decide crecer sin necesitar a nadie y así se relaciona en adelante. Son padres que lastiman o angustian mucho a sus hijos. Estos se encierran en una concha y deciden, en adelante, no necesitar de nadie. Y así se relacionan en su vida adulta.

Es importante reconocer cuál ha sido mi estilo. Cómo me sentí siendo niño. Pero es mucho más importante avanzar: no repetir el modelo sí es que fue angustiado o evitador y hacer todo lo que esté en mis manos para moverme de lugar y comenzar a relacionarme más desde el amor y menos desde el miedo.