Y tú: ¿de que hablas?

Cada vez que decimos algo, estamos cambiando al mundo. Me refiero a las conversaciones, o monólogos o diálogos, no a las palabras que todos decimos a lo largo del día que son indispensables para los intercambios sociales cotidianos.
Me refiero a lo que hablas contigo mismo y a lo que hablas con los demás cuando platicas, comentas, cuando tienes un rato para conversar.
¿Cuál o cuáles son tus temas recurrentes?
Resulta muy didáctico detenerse a observar de qué hablamos: yo conozco personas que hablan, por ejemplo, sólo de lo inmediato: el clima, que bonito lugar, cuánto tránsito hubo hoy. Y sí tu les comentas algo de tu corazón, o incluso si quieres saber lo que pasa dentro de ellos, se limitarán a responder: bien, no muy bien, mal. Pero no van a compartir contigo su intimidad.
Conozco otro tipo de personas que tienen un tema único y recurrente: el dinero. Unos hablan de lo que tienen y de lo que los demás tienen y otros del que no tienen y se quejan continuamente por que no tienen.
Otro tipo de conversación es la de las enfermedades propias y ajenas: incluso hay quiénes tienen el atrevimiento de describir, con lujo de detalles, todos sus síntomas.
También se puede hablar de los demás, y mal. En preguntas aparentemente ingenuas cómo : ¿qué le pasa a Fulanita, estoy preocupada por ella? en realidad lo que quieren es criticar, en el fondo esta conversación está guiada solo por la envidia.
Y -nos demos cuenta o no- todo el tiempo estamos hablando con nosotros mismos, y nos decimos palabras de aliento o de desaliento.
Dirige tu mente a pensar en positivo, que de tu boca sólo salgan palabras amables, positivas.
Cada vez que te quejas estás demostrando una incapacidad. Si te quejas de que tu pareja te trata mal, estás demostrando que eres incapaz de poner límites. Si te quejas de cansancio, estás demostrando que eres desorganizado, o que no sabes cómo lograr una vida equilibrada.
Observa lo que dices.
Observa lo que te dices.
Observa los temas de conversación que sueles sostener son las personas más próximas a ti: vas a aprender mucho de ti.
Observa que te dicen los demás.

Una relación es una conversación. Sin duda. Si no puedes conversar con alguien, ese alguien no se está relacionando contigo. Procura, cuida, alimenta las relaciones en las que puedes sostener conversaciones ricas, nutritivas, interesantes:de eso está hecha la vida.

Vivir es arriesgarse

Estar vivo es correr riesgos y correr riesgos es comprometerse. Comprometerse con la vida, con los otros, con los proyectos, con uno mismo. Comprometerse en ponerse en juego, es darlo todo o casi todo en un proyecto.

Con frecuencia tenemos miedo y ya no deseamos arriesgarnos: entramos a una nueva relación y ponemos obstáculos: damos lo menos posible, nos involucramos poquito, no importa si ya ha pasado el tiempo razonable del inicio en donde la prudencia y la cautela son importantes y hasta indispensables. Siempre podemos elegir cuánto nos comprometemos con alguien o con algo. Si entramos a estudiar un curso podemos leer todas las lecturas, entregar todas las tareas, asisitir a todas las clases y relacionarnos con todos los compañeros. Y vamos a correr el riesgo: de que el curso no sea tan bueno como parecía o cualquier otra eventualidad. Pero la otra opción, la de no «echar toda la carne en el asador»… va a provocar que sólo veamos pasar a la vida y no la vivamos.

La única seguridad que tenemos en la vida es la muerte. Todo lo demás es inseguro. Cuando nos obsesionamos con la seguridad, dejamos de fluir y de crecer. Al descartar toda posibilidad de riesgo, no puede surgir nada nuevo. Si quiero estar seguro, entonces mejor me quedo en casa y no hago nada. Aunque aún así puedo tener un infarto. Seguridad total no hay en ninguna parte.
La vida está llena de peligros, y no sólo externos. Cuando iniciamos una relación nunca sabemos si va a prosperar. Cuando iniciamos un viaje de autodescubrimiento nos damos cuenta de todos los abismos que vamos a encontrar. Sin embargo la opción de no arriesgarse es, en fondo, el riesgo mayor.

Soren Kierkegard, el filósofo existencialista escribió: «no arriesgarse significa poner en peligro la propia alma». Correr un riesgo significa comprometerse en algo, significa atreverse, cada vez que decido salir de mi no sé lo que va a ocurrir: pero quién no da ni se compromete por miedo, está dejando que la vida pase: no está realmente viviendo.

No dejes que tu vida no sea vivida por tí: atrévete a amar, a decir lo que sientes, a dejar a quién no te quiere, a seguir persiguiendo tus sueños. No te des por vencido, no renuncies a entregarte a cada proyecto, a dar lo mejor de tí. Ponte en juego. Vive!

El Sentido del Trabajo

Para la logoterapia, el trabajo es una fuente de sentido vital. Se sitúa dentro de los llamados valores de creación, es decir, el trabajo es lo que cada uno de nosotros podemos ofrecer al mundo y es además un área para encontrar sentido.

El trabajo nos ofrece diversos significados, que detallo a continuación, y sobre los cuáles conviene estar conscientes:

* nos permite acceder a la independencia y a la autonomía, cuando dependemos económicamente de otra persona, también dependemos emocionalmente de ella. No puede darse la independencia emocional sin haber logrado la independencia económica,
* nos brinda un sentido de dignidad: el hecho de ganarnos la vida, de poder elegir cómo utilizamos el dinero que ganamos, de saber que somos útiles para la comunidad en la que vivimos es una gran fuente de sentido,
* nos permite disfrutar del descanso: cansancio saludable el que proviene de habernos esforzado y ocupado en una actividad significativa,
* nos abre la posibilidad de expresarnos: el lugar de nuestro trabajo es sin duda un sitio maravilloso en donde podemos expresar quiénes somos con independencia de la familia a la que pertenecemos, todos los trabajos ofrecen un espacio para la creatividad, mientras más imprimamos nuestro sello personal en nuestro trabajo, más sentido le daremos al mismo. Ser conscientes de nuestra unicidad: otros lo podrán hacer mejor o peor, pero nadie lo hará como nosotros, es ese «ponerse en juego» lo que posibilita descubrirnos, conocernos y expresarnos en el mundo, a través de la labor que desempeñamos,
* el trabajo nos permite relacionarnos con los otros, conocemos personas, entablamos relaciones, y de éste modo enriquecemos nuestra vida,
* el trabajo nos mantiene ocupados y de éste modo nos ayuda a salir de la hiper reflexión que consiste en pensar con exceso en nosotros mismos y en nuestros problemas, lo que lejos de resolverlos, puede hacerlos más grandes por la angustia que se genera al estar dándole vueltas y vueltas,
* el trabajo nos facilita la auto trascendencia: salir de nosotros mismos para pensar y actuar para otros, una de las áreas de sentido para la logoterapia. Al hacer el trabajo estamos dejando una huella, una aportación a nuestro mundo…y además:
* el trabajo puede permitirnos, por medio de los ingresos que percibimos, sustentar, ayudar, apoyar a otros, lo que puede brindarnos sentido.

«Ora et labora» decía San Benito. Esto significa trabajar y orar: hacer el trabajo con cuidado, con esmero, con empeño, con nuestro estilo. Que sea nuestro trabajo un modo de pulir a nuestro espíritu.

Trabajar en lo que nos gusta: un privilegio que debemos atesorar. Y si no estamos en éste momento desempeñando un trabajo que nos guste tanto: agradecer el tener trabajo y recordar que «la felicidad no consiste en tener lo que se quiere sino en querer lo que se tiene».

El poder del no!

Las personas configuramos nuestra vida cuando hablamos. Es conveniente revisar a qué y a quiénes les decimos «sí» y a qué y a quiénes les decimos «no». En esta ocasión. me ocuparé del maravilloso y liberador «no».

Decir «no» es una de las palabras más importantes que una persona puede decir. Ya que con esa palabra se afirma en su autonomía y en su dignidad. Con esa palabra se marcan límites. Con esa palabra se traza identidad. Con esa palabra se gana autoestima.

Uno de los derechos que tenemos como personas es el de oponernos a las peticiones o demandas de los otros.
Otro de los derechos es el de escoger. Cuando decimos que no estamos ejerciendo ese derecho. Estamos ejerciendo el poder de nuestra libertad. Y estamos delimitando.

Un reino sin guerreros es fácilmente invadido por bárbaros: una persona incapaz de decir No será invadida, arrasada, abusada, atropellada.

En la vida cotidiana, surgen muchas ocasiones en las que sentimos que debemos decir «no» y sin embargo no lo hacemos. Por miedo, por agradar, por creer que sólo así nos van a querer, por inseguridad. Nuestra dignidad se compromete cada vez que pasamos por alto nuestro deseo de decir que no. Y siempre se paga un precio por ello, porque ante nosotros mismos sentiremos que no hemos sido respetados.

La forma de nuestra vida, de nuestras relaciones, tiene mucho que ver con el modo y el momento de decir no.

Hay muchos modos diferentes de decir: no. Unos pueden ser sutiles, otros más directos, pero debemos ejercer ese derecho si consideramos un valor el respeto por nosotros mismos.

Suelo recomendar una técnica que a mi me ha funcionado, cuando reconozco que no deseo permitir un cierto comportamiento hacia mi persona, pero no he logrado comunicarlo adecuadamente: me repito en silencio, sólo para mi misma: «Basta, no voy a permitir que Fulanito me trate así». Y lo repito una y otra vez. Con absoluta convicción. Resulta que en el momento que estoy frente a Fulanito mi postura, mi actitud, mi convicción, reflejan mi decisión de poner el límite. Funciona!

Se les puede decir que no a las personas pero también se debe decir que no a ciertos hábitos que nos hacen daño, a los pensamientos negativos, a los juicios que nos lastiman, a dejarnos vencer. Debemos saber decir no. Y debemos intentar estar en contacto con nosotros mismos para reconocer cuando nuestro cuerpo nos avisa que es momento de decir NO. A la comida, a la persona, al cigarro, al alcohol, al miedo, al dolor, al comportamiento equivocado, a permitir el abuso.

Los micro comportamientos

«No se puede no comunicar» escribió Paul Watzlawick. Una gran parte de nuestra comunicación es la no verbal. Es por medio de gestos, inclinaciones de cabeza, pequeños movimientos del rostro cómo comunicamos lo que realmente sentimos y pensamos.

A esos movimientos se les llama micro comportamientos. Identificarlos, interpretarlos, traducirlos y en su caso evidenciarlos, es esencial para pasar de una comunicación mediocre a una verdadera comunicación.La comunicación de los afectos se hace mucho más por los micro comportamientos: gestos, mímicas y sonidos son mucho más poderosos que las palabras que sirven para precisar, matizar o desmentir lo que han dicho los mismos.

En los micro comportamientos se encuentran los canales mas primitivos de comunicación, por eso es fundamental observarlos, especialmente en los momentos de conflcto.

Todos conocemos esas caras que desaprueban, esas miradas que desprecian, ese modo de observar que indica repudio.

Todos hemos vivido esa experiencia de intentar traducir y decirle al otro: «¿porqué me pones esa cara?» y la cobarde respuesta: «yo no puse ninguna cara».

Porque a pesar de que la verdad es la del gesto, solemos escudarnos en palabras que lo desmienten por temor a enfrentar la verdad.

En la contradicción de los mensajes se encierra la gran semilla de la confusión. Es la confusión que lastima, abruma, lacera, destruye. Es la confusión que puede convertirse en el veneno más letal.

Esa mirada que infunde miedo, ese gesto que nos minimiza. Esa sonrisa mientras se hace una crítica destructiva que impide, por hacerla sonriendo, que sea declarada como franca agresión.

La comunicación se da siempre en dos niveles: el consciente y el inconsciente. De la capacidad para decodificar los mensajes inconscientes dependerá la calidad de nuestra comunicación.

Para minimizar los efectos destructivos de ciertos micro comportamientos la receta es evidenciar. Decirlo, con palabras. Describir con precisión el gesto. No es sencillo, pero puede resultar indispensable. Según el caso, según la ocasión.

Creo que no siempre vale la pena evidenciar. Puede implicar una gran cantidad de energía y no ser necesario. Si es una relación importante para nosotros, entonces resulta indispensable evidenciar el micro o el macro comportamiento.

El arte es evidenciar con amabilidad, con cariño, con sutileza y hasta con una ligera dosis de ingenuidad: ¿te supo mal la sopa que preparé, querido?. ¿Te sientes muy cansada y por eso bostezas cuando te hablo de éste tema?. ¿Te estoy distrayendo (con mi discurso) de algo muy importante que estás pensando?. Estas preguntas son solo algunos ejemplos, no olvidemos que a cada sapo, su pedrada.

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar