Cuando sentimos ansiedad, muchos de nosotros intentamos calmarla comiendo. El acto de comer hace que, al menos mientras dura el sabor y el aroma de lo que estamos masticando, nos olvidemos de nuestra preocupación. No se puede comer y al mismo tiempo pensar en otra cosa. Nuestra atención se dirige toda a ese pedacito de pastel, a esa galleta con chocolate, a esa tortilla que tanto nos gusta.
La comida nos quiere: está siempre ahí para nosotras. La comida no nos critica. Ni nos regaña. La comida no nos falla. Los demás sí, a veces. La comida no nos traiciona. Los demás, a veces sí lo hacen.
Además, es una realidad que necesitamos comer a diario. Cuando tenemos un problema de sobrepeso lejos de hacer una dieta tras otra, dietas que lastiman a nuestro metabolismo dañando nuestro cuerpo, lo que debemos hacer es revisar nuestra ansiedad. ¿A que le temes? ¿Cuáles son las cosas que siempre has querido hacer y no has hecho? ¿Quieres ser amada por un hombre y no has tenido la oportunidad? ¿Crees que la sexualidad es algo malo?
Es fundamental revisar los motivos de la ansiedad: estar atentas a lo que pensamos y sentimos justo antes de comenzar a comer de modo desenfrenado. Y al registrar la tristeza o el miedo o el enojo, respirar profundo, escribir o hablar de mis sentimientos, beber agua y después comer. Las dietas no te van a hacer adelgazar. Trabajar en tu ansiedad sí. Entender el motivo de tu desesperación emocional será la clave para dejar ir, junto con los kilos, el dolor que te ha llevado a subir de peso.