Comida y ansiedad

Cuando sentimos ansiedad, muchos de nosotros intentamos calmarla comiendo. El acto de comer hace que, al menos mientras dura el sabor y el aroma de lo que estamos masticando, nos olvidemos de nuestra preocupación. No se puede comer y al mismo tiempo pensar en otra cosa. Nuestra atención se dirige toda a ese pedacito de pastel, a esa galleta con chocolate, a esa tortilla que tanto nos gusta.

La comida nos quiere: está siempre ahí para nosotras. La comida no nos critica. Ni nos regaña. La comida no nos falla. Los demás sí, a veces. La comida no nos traiciona. Los demás, a veces sí lo hacen.

Además, es una realidad que necesitamos comer a diario. Cuando tenemos un problema de sobrepeso lejos de hacer una dieta tras otra, dietas que lastiman a nuestro metabolismo dañando nuestro cuerpo, lo que debemos hacer es revisar nuestra ansiedad. ¿A que le temes? ¿Cuáles son las cosas que siempre has querido hacer y no has hecho? ¿Quieres ser amada por un hombre y no has tenido la oportunidad? ¿Crees que la sexualidad es algo malo?

Es fundamental revisar los motivos de la ansiedad: estar atentas a lo que pensamos y sentimos justo antes de comenzar a comer de modo desenfrenado. Y al registrar la tristeza o el miedo o el enojo, respirar profundo, escribir o hablar de mis sentimientos, beber agua y después comer. Las dietas no te van a hacer adelgazar. Trabajar en tu ansiedad sí. Entender el motivo de tu desesperación emocional será la clave para dejar ir, junto con los kilos, el dolor que te ha llevado a subir de peso.

¿Quién es quién en tu vida?

Una de las tareas más complejas que debemos llevar a cabo a lo largo de nuestra vida es ubicar a cada persona en el lugar que le corresponde frente a nosotros. Sí no sabes el lugar que ocupa el otro y por lo tanto cómo manejar esa relación, sin duda recibirás muchas decepciones, derramarás muchas lágrimas y padecerás enormes sufrimientos.

La ingenuidad, la inexperiencia, el cariño o andar distraída pueden ser las causas que te lleven a creer que tu «amiga» es realmente tu amiga. O que tu hermana en verdad te quiere. O que un hijo o una madre por tener esa vinculación filial realmente te aprecian y se alegran por tu alegría.

Saber el lugar que tiene cada quién equivale a tener un mapa que te permite moverte con facilidad y sin perderte. Unas personas merecen toda nuestra confianza. Otras merecen muy poca. Unas personas pueden y quieren escuchar nuestras penas sin por ello abusar de nosotras. Otras sólo quieren saber si te va mal. Unas personas son realmente amigas cuando así lo dicen. Otras te dicen que te extrañan y te adoran pero no les interesa saber cómo te va.

Algunas personas no soportan que te vaya bien: en amor, en dinero, en lo profesional o en tu vida familiar. Y aunque dicen ser tus amigas o sean tus parientes en realidad tienen envidia de tu bienestar y aprovechan la menor excusa para hacerte daño, por ejemplo prestando oídos a los hablan mal de ti y haciéndotelo saber. A las «mensajeras» que vienen a traerte la noticia de quién te ha criticado o quién no te quiere no debemos escucharla. Cuando está haciendo eso en realidad te está diciendo: permití que hablaran mal de ti porque yo siento y pienso igual y te lo comunico para lastimarte.

Saber quién es quién en tu vida te evitará muchos sinsabores. Acomoda a cada persona en su sitio y desde ahí relaciónate. No tienes que caerle bien a todo el mundo. Pero tampoco mal. Quién te quiere, te lo demuestra en todo momento. A quién no le importas o te envidia, por favor, no lo acerques demasiado a ti, confiándole tus asuntos: le das armas que utilizará en tu contra. Crea tu propia familia psíquica: hecha de los seres que en verdad te aman.

El progreso emocional

A lo largo de nuestra vida es fundamental buscar el crecimiento y el progreso emocional. Si no procuramos crecer día con día las consecuencias para nuestro futuro serán muy dolorosas. Para Bion, el progreso emocional se da gracias a la capacidad de la mente para asumir la verdad. Mientras más abiertos estemos a reconocer nuestra propia verdad tendremos mayores posibilidades para crecer.

La verdad nutre: a las relaciones, a la calidad de nuestra vida.

La mentira envenena: las relaciones y la calidad de nuestra vida.

Cuando sabes que una persona te miente pierdes toda la confianza en ella. Aristóteles decía: «todos los hombres desean por naturaleza saber». Es bien cierto que la aceptación de nuestra realidad siempre nos es conveniente. Desde el conocimiento de mi realidad estoy en condiciones de mejorar, de reparar, de prevenir.  Sólo puedo decidir hacer algo bueno con mi vida a partir del conocimiento de mi realidad.

Un criterio para saber cuál es mi realidad es el de sentir dolor, temor, vergüenza o miedo de admitirla. Sí es así, tenlo por seguro, esa es la verdad. Mentirte a ti mismo te conduce a la angustia, a la confusión y al vacío. Vivimos en una época en la que parece muy fácil mentir: una tarjeta de crédito puede darte la posibilidad de engañarte sobre tus posibilidades reales de compra, una cirugía plástica puede contribuir a engañarte sobre tu edad, una droga colabora en el olvido de tus responsabilidades. Perderse en el consumismo y olvidar lo importante de la vida parece un camino fácil.

Sea esta una invitación a decirte la verdad: sobre tu relación de pareja, tus relaciones con tus hijos y sus problemas, tu situación económica, tu estado de salud y especialmente lo que estás haciendo día a día con tu vida.

El amor y la adicción

Muchos de nosotros hemos amado o amamos actualmente a una persona que padece alguna severa adicción: al alcohol, a las drogas, a la ira, a la comida…

Yo creo que es una situación extremadamente compleja. Es muy fácil decir: es que eres codependiente. Cómo si al bautizar tu amor con una palabra pudiera simplificarse o devaluar una relación. Esa persona a la que amamos, que no ha podido quererse tanto cómo para superar un problema de adicción también merece amor. ¿Verdad que si?

¿Qué es lo más importante en un caso así?

En primer lugar renunciar a la expectativa de que nuestro amor es suficiente para «sacarlo» de ahí. En segundo lugar renunciar a la expectativa de que va a cambiar. No es que eso no sea posible, claro que lo es y muchos lo han logrado. Pero no ha sido sólo el amor de los otros. A veces necesitamos tocar fondo para atrevernos a pedir ayuda. A veces ni eso sirve. Así que, en segundo lugar considero que debemos considerar cuánto estamos dispuestos a pagar en esa relación. Si esa persona nos lastima o lastima a nuestros hijos debemos poner límites. A nuestros hijos les debemos protección, buenos ejemplos, respeto.

No dejes de amar. Pero cuídate, no des más de lo que puedas dar. No esperes más de lo que el otro te puede dar. No creas que lo vas a cambiar. No te faltes al respeto. Pero sigue amando.

¿Y tú: cómo te relacionas?

Existen innumerables teorías sobre el modo en el que nos relacionamos con los demás, y podemos pasarnos una vida estudiando los distintos modos de relación y discutiendo sobre las validez de las mismas. Lo que es un hecho, es que cada uno de nosotros hemos desarrollado ciertos patrones de conducta en nuestro modo de relacionarnos y parece ser que tienen mucho que ver con el modo en que se relacionaron nuestros padres con nosotros.

Desde la perspectiva de Bowlby y sus colaboradores, existen tres tipos de apegos o modos de relación: el apego seguro que se caracteriza porque el niño confía en sus padres y en los cuidados que le brindarán, cuando se ha vivido este modo de relación el adulto suele confiar en los otros, se acerca a los demás fácilmente y sin prejuicios y en general le es fácil confiar en los demás.

El apego angustiado ambivalente en el que el niño no está seguro de sí sus padres estarán o no, esto es, a veces su madre está disponible afectivamente pero a veces no. Suele ocurrir cuando hay alguna adicción en uno de los padres: si está alcoholizado se aleja, si está crudo se acerca. O la madre está deprimida y no puede acercarse a sus hijos pero luego se arrepiente y se acerca hasta demasiado. El efecto que producirá en el adulto es el el padecimiento de graves angustias de separación. La clásica codependencia.

El tercer estilo es el del apego angustiado evitador: al sentir el niño que no puede contar con el apoyo ni el afecto de sus padres decide crecer sin necesitar a nadie y así se relaciona en adelante. Son padres que lastiman o angustian mucho a sus hijos. Estos se encierran en una concha y deciden, en adelante, no necesitar de nadie. Y así se relacionan en su vida adulta.

Es importante reconocer cuál ha sido mi estilo. Cómo me sentí siendo niño. Pero es mucho más importante avanzar: no repetir el modelo sí es que fue angustiado o evitador y hacer todo lo que esté en mis manos para moverme de lugar y comenzar a relacionarme más desde el amor y menos desde el miedo.

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