El ciclo de la pareja

En toda relación de pareja se da un ciclo que tiene distinta intensidad pero que infaliblemente permanece: idealización-enamoramiento, devaluación-crisis. Nos estamos moviendo así todo el tiempo. En el momento de la idealización le atribuimos a nuestra pareja más cualidades de las que tiene, más ventajas que desventajas, imaginamos que nos va a dar más de lo que en realidad puede darnos, toleramos muchas situaciones y tenemos paciencia, estamos enamorados. Con el tiempo, cuando vamos sintiendo más seguridad en la relación, comenzamos a devaluar: encontramos defectos, descubrimos hábitos o costumbres que nos resultan insoportables, la criticamos en silencio o en voz alta y nos sentimos en crisis, con dudas sobre la relación. En estos momentos es cuando puede darse la ruptura o separación o infidelidad. Si no ocurre que nos separemos y seguimos, con el tiempo volveremos a idealizar y a enamorarnos de nuevo de nuestra pareja. La segunda vez que atravesamos el proceso ya no es tan intenso. Y así seguirá, el tiempo que dure nuestra relación, pasando por momentos de idealización y de devaluación.

Si lo pensamos bien, este fenómeno ocurre en todas nuestras relaciones, a momentos encontramos maravillas en el otro y al rato ya sólo podemos ver sus defectos. Lo importante es darse cuenta, resistir, saber que es lo normal y que eso no debe suponer terminar o destruir la relación.

El éxito de una relación de pareja no es no tener conflictos: es saber resolverlos. Si ante la menor desilusión o piedra en el camino piensas en dejar a tu pareja el problema es tuyo, no de tu pareja. Es muy importante aprender a comunicar asertivamente lo que te molesta, a tiempo, sin juicios, envuelto para regalo. Y siempre, siempre, poner más amor en donde está faltando.

Escucha el programa de radio Historias de todos, el martes 12 y el jueves 14, de 5 a 6 pm, en Radio Centro (1030 AM) en donde hablaré de la pareja con Mari Carmen Quintana. ¡No te lo pierdas!. También lo puedes escuchar por internet en la página de Radio Centro.

Cumplir 50 años

Cada cumpleaños es muy importante, sin duda. Y debemos celebrarlo como mejor podamos. A algunos les gustan las grandes fiestas, a otros celebraciones más sencillas, eso no es lo fundamental desde mi punto de vista. Creo que  cumplir años es siempre motivo de celebración. Es también una ocasión ideal para reflexionar sobre lo que hemos sido, lo que hemos hecho, lo que nos falta hacer y lo que ya no queremos. Yo, a mis 50, elaboré una lista de lo que quiero más y de lo que ya no quiero y cómo ustedes mis fieles lectores me han seguido, se las comparto:

. Quiero:  ejercer a fondo mi libertad y mi capacidad para pensar, leer más libros, compartir más tiempo con las personas que me quieren bien, escuchar más música, ir a más museos, ver más amaneceres y atardeceres, jugar con mis perros, regar y cuidar mis plantas, dar mejores clases y sesiones, amar más y saber estar más en el lugar del otro, entender que cada quién actúa desde su historia y desde lo que sus heridas le permiten, reírme mucho más, disfrutar cada momento de estar viva, estar más tiempo con mis amigas, escribir más, escuchar el canto de mis pájaros, cuidar mi cuerpo comiendo bien y haciendo ejercicio, observar más y hablar menos, decir lo que pienso y lo que siento, decir que no a lo que no quiero sin miedo… todo esto quiero y otras cosas que no se escriben…

– Ya no quiero estar con personas que no me aprecien,  dejarme manipular por nadie, sentir culpas que otros me quieran cargar,  hacer juicios sobre los demás, escuchar juicios que los otros hacen por envidia o resentimiento, dejar de disfrutar lo bello de la vida, perder el tiempo en conflictos, callar lo que creo que es verdad y otras cosas que tampoco se escriben…

Los 50 es la edad perfecta para vivir en la mayor integridad que nos sea posible. Vivir en la verdad, alimentando el alma.

Los 50 es la edad perfecta para agradecer a cada persona por lo mucho que tiene que enseñarnos. Así  aprovecho para decir gracias a todos los que me acompañan en este misterioso viaje que es la vida.

Envidia y destrucción

Todos sentimos envidia. No hay «de la buena» ni «de la mala», se llama envidia  y ya. Y es un sentimiento de dolor y de enojo por no tener eso que el otro tiene: un coche, un hijo, una pareja, su belleza, su dinero, su talento. Y lo sentimos muchas veces al día.

Duele porque ese otro es un espejo de lo que yo no tengo. Y puede doler mucho.

Enoja porque da coraje enfrentarme con mi carencia. Ni modo.

¿Que hacemos con ese dolor y ese coraje? Siempre tenemos dos caminos:

1. Reconocer mi sentimiento de envidia. Admitir que quiero eso que el otro tiene y comenzar a trabajar en alcanzarlo. En una de esas hasta le pregunto a mi amiga: ¿que hiciste para lograr tener eso? y comienzo a dar los pasos para obtenerlo. En este camino hay muchas posibilidades de crecer y de dejar de sentir esa envidia.

2. Intentar destruir al objeto de mi envidia. Critico a mi amiga, devalúo la posesión del otro, se lo robo, la difamo, la agredo. En este camino no hay ninguna posibilidad de crecimiento, muy al contrario: me enveneno y le hago daño al otro, dejando destrucción en el camino.

Siempre que alguien te agrede, te lo aseguro, te tiene envidia.

Siempre que agredes al otro, te lo aseguro, le tienes envidia.

Sentir envidia es natural, actuar desde la agresión es muy peligroso. Indudablemente, tu decides.

Lo indecible y lo traumático

En todas las familias se viven experiencias que por su naturaleza se convierten en indecibles. Esto significa que no le damos un nombre a la vivencia. Y al no darle un nombre no hablamos de ella, convirtiéndola en secreto. Por ejemplo, si se vive una experiencia de violencia y somos un pequeño niño que vemos los golpes de un padre a una madre, nos callamos. No se lo contamos a nadie. ¿Cómo vas a compartir con tus compañeros de escuela que tu padre golpeó a tu madre? A esto se le añade que tu mamá no te explica, no habla del tema. Además, al día siguiente ves que le está preparando un desayuno cómo si nada hubiera pasado. Esto es una experiencia indecible.

Un trauma es aquello que el aparato psíquico no puede elaborar, digerir, tramitar.  Para poder trabajar en una experiencia lo primero que se necesita es nombrarla. Decir las palabras que la describan. Sin palabras no hay posibilidad de elaboración. Y todo lo que no es apalabrado, es actuado. Es decir: o lo hablas y lo describes ante un testigo de calidad, o lo vas a actuar con tus conductas, o tu cuerpo lo va a representar. Lo que no va a ocurrir es que se quede así, guardado.

Los secretos son lo más tóxico en las relaciones. Cuando te dicen que «nunca te van a decir que pasó con alguien o con algo» de tu familia, te están quitando el derecho a pensarlo, a elaborarlo, a trabajarlo y a libertarte entonces del trauma.

Para liberarnos del dolor emocional, debemos nombrar primero. No vivas con secretos, pocas cosas enferman más y separan más de los otros. Pocas cosas lastiman más.

¿Qué historia estás repitiendo tu?

Nuestro grupo familiar nos hereda muchas cosas: nos da un sentido de pertenencia, nos provee de valores, de creencias, de modos para enfrentar a la vida. Nos enseña sobre el matrimonio, sobre el dinero, sobre la educación: desde como preparar un platillo, como alimentar a un bebé, como celebrar una fiesta. Nos enseñan sobre como son los hombres, las mujeres, los jefes, los empleados. ¡Y que bueno! Necesitamos de nuestro grupo familiar para hacernos de una vida.

Sin embargo llegará el día en el que tendremos que dejar de «pensar y actuar como ellos» para empezar a pensar por cuenta propia y a actuar en consecuencia. Hacer esto es muy doloroso, y lo es porque se despiertan sentimientos de culpa, hay remordimientos, hay sensaciones de vacío, hay sentimientos de traición. Desidentificarse con el clan familiar duele. Duele mucho. Y seguramente nos encontraremos con opositores que nos señalarán y nos acusarán por esto.

Si tu estás repitiendo la historia de tu madre, o de tu padre, o de un hermano que ya no vive, o de una abuela o de cualquiera de tu familia…es seguro que no has logrado dar ese paso que requiere resistir el sentimiento de culpa pero que es fundamental, indispensable para salir de esa repetición que te limita y te impide escribir tu propia historia.

¿Te atreverás a cuestionar lo que te enseñaron? ¿Les dio resultado vivir con esas creencias? ¿Qué repetirán tus hijos si no desatas los hilos de tu historia familiar?

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